Por qué SIRINGA
 
Revist@ Digit@l del IES Ciudad los Angeles                         PERSONAJES
                     
  INOCENCIO      
 

El dinero no da la felicidad, por eso el mundo se mueve por ideales nobles y solidaridad en estado puro. Un ejemplo conmovedor me lo ha venido proporcionando desde marzo de 2005 la situación de Inocencio, un anciano especialmente maltratado por la vida, por quien todos (Cáritas, Edad Dorada, Mensajeros de la Paz, Isabel Gemio, trabajadores sociales, Comunidad de Madrid y Residencia Santa María de la Paz) han dado la cara y ofrecido su generosa y desinteresada ayuda.

     
                     
 
 

Primero la historia de cómo lo conocí y luego las muestras de altruismo de todas esas instituciones tan humanas.

   Hoy he llorado después de cuatro años. Ha sido uno de los días que más vergüenza ajena y pena he sentido. Y fue pura casualidad.

   Estuve a punto de no ir hasta mi oficina del BCH, que está en Bravo Murillo. Eran las 10 y media e iba con poco tiempo para llegar al instituto. Pero fui, saqué el dinero del viaje a Grecia y, cuando volvía a pie por la acera, me tuve que bajar para no darme con un viejecito que estaba detenido frente a un escaparate. La vista se me fue para el escaparate, que es adonde él miraba. Estaba hablando algo con una... no sé qué decir, una joven de unos 20 años que limpiaba el escaparate desde dentro con un limpiacristales. Creí que eran parientes o conocidos, porque él sonreía. Pero me di cuenta de que no era una conversación amistosa cuando vi que ella le decía muy seria, en voz alta, con muy malos modales: "¿Qué mira? ¿Eh?", y él respondía, con su voz marchita: "Estoy aprendiendo", mientras hacía, con la mano que le dejaba libre el bastón, el gesto de deslizar el limpiacristales.

   Me pareció mentira al principio y quedé confuso. No podía comprender cómo una persona, por muy mala que fuera, se veía capaz de hablarle así no ya a una persona que no hacía daño a nadie, que simplemente observaba con simpatía, sino a un pobre viejecito. Yo mismo soy el primero que se irrita con la lentitud de los ancianos cuando conducen o sin ir más lejos cuando caminan por las aceras. Y si estoy amargado, como todo el mundo, puedo tomarla a veces con quienes me rodean, pero tratar así a una persona desvalida que no me llegaba, literalmente, ni a la barbilla no tiene nombre.

   Seguí caminando y no debí mirar atrás, porque él se giró, siguió su paseo por la acera y pude ver la imagen de su cara anciana, inocente, totalmente perpleja ante esa reacción, algo que no olvidaré en mi vida. Cuando lo comprendí todo, sentí tanta impotencia al no poder hacer realmente nada, que lo único que se me ocurrió fue darme media vuelta y preguntarle dónde había una frutería. Me expuse a que me respondiera de malas maneras, pero me informó con amabilidad, aunque afectado por lo que le acababa de pasar. Le di las gracias y le puse la mano en el hombro.

   Cuando subí al coche no pude evitar las lágrimas, que ahora se me vuelven a saltar.

 
                     
 

Más tarde escribí esto a un tal Patricio, un trabajador social:

Gracias por la respuesta, Patricio. Acabo de llamarle pero no había línea. Todo coincide con lo que me cuenta Inocencio. Lo que no entiendo es lo de "cuando cumpla los 65", porque él me ha dicho que tiene 74. En todo caso, me parece estupenda la idea de los servicios sociales: creo que se merece una alegría en la vida antes de que sea demasiado tarde. Si tienes interés en ayudarle, cuenta conmigo (hasta agosto), dispongo de mucho tiempo libre para moverme adonde sea y poner mi granito de arena. Su ayuda me vendría muy bien, porque lógicamente Inocencio puede desconfiar de mí y pensar que quiero sacar algún beneficio en todo esto, cuando lo único que me interesa es hacer que una persona desvalida pueda, mientras pasea por la calle, darle vueltas en su cabeza a algún recuerdo agradable. También le dejo mis números: xxxxxxx y xxxxxx. Muchas gracias.

Pero de Patricio no se supo más. Fracasada esta vía, escribí al programa de Isabel Gemio, de Onda Cero, sí, la Madre Teresa Sorpresa. El mismo mensaje, pero cambiando el nombre de los destinatarios, envié a varias organizaciones no gubernamentales, no lucrativas, muy altruistas (Cáritas, Edad Dorada, Mensajeros de la Paz):

 
                     
 

 Estimada Isabel, paso a contarte mis últimos contactos con Inocencio :

   Hace un par de semanas fui a buscarlo al bar que frecuenta casi todas las mañanas y no estaba. Pensé que ya había fallecido pero me fui hasta el final de la calle para ver si me lo encontraba según venía de Plaza de Castilla. Y lo encontré, pero yéndose: allí estaba, como siempre, caminando a paso muy, muy lento, apoyado en su bastoncito y encogido bajo su raído abrigo, con sus gafas negras para evitar el continuo lagrimeo. Me dijo que ya había terminado de desayunar en el bar y que iba a comprarse el bono transporte. Se lo compré yo y como me contó que le quedaban 5 euros de su exigua paga de Alemania, le regalé 40 y le dije que no volviera a pedirle prestado al dueño del bar, sino que esperara a verse conmigo, que yo se lo daba ahora que puedo permitírmelo. Mientras hablábamos en otro bar y se me rompía el alma escuchándole, le pregunté por qué lagrimeaba tanto, y me explicó que se había operado de cataratas, que un buen día iba por la calle y notó que no veía, que no pudo cruzar la calle y un vecino le llevó a urgencias; añadió que tenía también que ver con las verrugas de los párpados. Le propuse ir al médico para arreglar aquello y vernos otro día en la residencia.

   Y así lo hicimos. Lo llamaron por megafonía y apareció por el pasillo con su figura amable y su aspecto indefenso. Le dije que no estaba tan mal el lugar y me respondió que aún no lo había visto entero, y llevaba razón, porque la sala adonde me llevó era lamentable: llena de humo de los drogadictos que por allí fumaban, fría y triste, y sobre todo llena de gente que nada tenía que ver con él. Sin pretender faltar al respeto de estas personas que también se han visto maltratadas por la vida, pero tal vez de otra forma, aquello parecía un psiquiátrico, y yo ya no imaginaba qué otras cosas podía seguir viendo en torno a Inocencio que me hicieran sufrir más. Al escribir esto ahora vuelvo a llorar. Me parecía de lo más triste ver allí a una persona buena, pacífica y educada, que había trabajado tanto en la vida, hecho el sacrificio de viajar a Alemania, que mencionaba con tanto respeto a la mujer que le había tratado tan mal ("lesbiana" decía, en lugar de otras palabras), a quien se le rompió el corazón cuando después de la ruptura le oyó decir a uno de sus hijos, maleado por la madre, que se volverían a ver pero que por favor no bebiera. Yo he estado con él muchas horas seguidas y puedo asegurar que ni es alcohólico ni bebe más que mi padre, por ejemplo, que es un hombre de su edad y muy sano.

   En fin, que hablamos sobre sus ojos y acordamos ir a una óptica para comprar unas gafas con las que pudiera leer y no matar el tiempo, sino disfrutar de él. Allí nos dijeron que no podían darle gafas si no tenían un informe del oftalmólogo, así que al día siguiente fuimos a su médica de cabecera. Ésta, que por cierto no fue nada amable con él y llegó a sonreír más de una vez con malicia, nos dio el volante para el oftalmólogo y hemos conseguido cita para finales de enero, nada más y nada menos.

 
                     
 
    Termino aquí. No os pido ayuda económica para Inocencio, de eso puedo encargarme yo mientras pueda. Tan sólo os ruego que me informéis sobre lo que puedo hacer para poner en contacto a Inocencio o a mí mismo con sus hijos, a fin de que puedan leer esto y se sensibilicen. Por otra parte, que me aconsejéis sobre esta idea y sobre lo que podríamos hacer para sacarlo de allí. Él dice que se lo llevarán a una residencia de mayores de General Ricardos cuando quede libre una plaza, tal vez dentro de poco, pero desconozco cómo es el sitio y pienso que se sentirá más solo en un lugar nuevo para él. Sé que vosotros conseguís lo que parece imposible. Haría lo que fuera por conseguir que Inocencio acabara sus días viendo cómo por fin la vida deja de cebarse con él y le sonríe antes de que descanse para siempre.

Un fuerte abrazo.

 
La respuesta de todos ellos: el silencio.
       
En la actualidad, enero de 2011, Inocencio está en la residencia de ancianos GRAN RESIDENCIA en General Ricardos, 177.
       
      José Antonio Castilla