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¿CRISIS DE VALORES?:

el valor de la crisis.

 
 

 

por Jaime Rodríguez Alba, profesor de Filosofía IES Ciudad los Ángeles

   
1. No se extrañará nadie al escuchar, como viene sucediendo en los últimos tiempos, a obispos, profesores, políticos, expertos de todo tipo, artistas, cantautores, etc. que la auténtica crisis, la crisis por la que estamos pasando, es una crisis de valores. En realidad la sensación de crisis de valores es algo consustancial al pensamiento humano, tan tendente -construido como está desde la máquina del poder- a una concepción de la vida que niega la vida misma, que subsume la esencial potencia del construir humano bajo las fantasías de un pasado glorioso o la esperanza en un futuro lúcido. Ocurre así que como cóncavas vidas que en algún punto no arbitrario del espacio social somos y nos desenvolvemos -siguiendo la paradójica expresión de Max Scheler: "llega a ser lo que eres"-, resuena en nosotros la fatídica expresión: "crisis de valores". Fatídica por cuanto quien la enuncia pretende conocer o reconocer la realidad como un fatum existencial, como inexorable Sino que asoma en nuestros tiempos. Fatídica e incluso fastidiosa, por repetitiva, por reiterarse en la multiplicidad explicativa, pura vaciedad (no hay causa genérica de tantos males), pero constante a la vez: la crisis de valores resuena en la nave de la juventud, en la civilización consumista, en la educación, en la familia, en la sociedad entera. La crisis de valores pretende situarse como umbral explicativo de la decadencia generalizada, del derrumbe de la civilización cristiana, o de la sociedad burguesa, etc.

2. Por mi parte confieso al lector que siempre que escucho la palabra "valor" tengo la sensación que Epicuro debió tener ante la palabra "cultura": "cuando la oigo -decía el maestro griego-, izo las velas de mi barco y me lanzo a plenamar". Así que, por evitar el palabrerío, cuando oigo la palabra "valor", escapo. Pero sucede, como de costumbre, que aquello de lo que escapo se presenta de vuelta ante mi mirada. Y ahora, no por valentía sino por inteligencia, no me hago a plenamar. Por esto dejo aquí estas mis pequeñas reflexiones, con la humilde -por escueta reflexión- intención de no decir simplemente lo ya dicho.

3. Sin entrar en la abigarrada polisemia del término "crisis" -término de etimología griega que se puede trasladar por "separación", "distinción", pero también "elección", "juicio"-, y aun recordando la dialéctica inherente a toda crisis -tras toda crisis hay siempre otra-, lo cierto es que la expresión "crisis de valores" es equívoca, confusa y hasta oscurantista.

4. Equívoca, porque se dice de muchos modos, ocultando siempre el lugar social -medido en origen, interés, trayectoria de clase, ideología y cosmovisión- desde el que es enunciada. Lugar social que sale a la luz si nos preguntamos por el recorrido de términos arrojados por la función "crisis". De modo que, si quien enuncia es un cristiano -acaso no tanto de base como de cúspide-, "crisis de valores" indica o menta situaciones -siempre perceptibles desde su posición- como: el desapego de Dios, la pérdida de caridad, el menoscabo de la "familia", etc. Si quien enuncia es un marxista la expresión pudiera indicar: atomismo social, individualismo, aburguesamiento, etc. Temáticas que, pese a su posible verdad, remiten antes a la percepción que a la realidad social misma, pues en el enunciado de la crisis, si esta figura como premisa, como descripción atómica -no inserta en un sistema de proposiciones que confieran sentido al enunciado y que tengan aval en la experiencia, como quiera que se pudiera medir al efecto- no se explicitan ni el parámetro de la crisis ni menos aun la significación de este en términos sociales. Decir que la familia está en crisis, por poner un caso, remite a otras consideraciones, de índole antropológica y sociológica, consideraciones como: qué se entiende por familia, modalidades de la misma, funcionalidad social que se le otorga, valor simbólico, diferenciación de roles, etc. Consideraciones que, en tanto ocultas, dejan la enunciación de la crisis sin valor descriptivo alguno.
Pudiera objetársenos que hablamos aquí suponiendo que existe una diferencia entre lo real y su percepción. Diferencia contra la que asoma una doble verdad: siguiendo un criterio de intersubjetividad, si muchos "ven" crisis, será porque la hay; y por otro lado, siguiendo un criterio idealista subjetivo, puesto que el mundo es lo que el Yo (acaso el Nosotros) percibe, enunciar la crisis es ya crearla, pues a partir de la enunciación, la mirada verá lo que el sistema previo del mirar establece y orienta. Ahora bien, esta "doble verdad" no pasa de ser una verdad a medias. Una verdad que no atiende a la circunstancia fundamental de que los "topoi", los lugares comunes del discurso (y el de la crisis de valores lo es) son producidos "desde", "para", y "por" algún punto del espacio social. Reproducidos desde algún otro, asumidos por imposición legítima, aunque con violencia simbólica, de las voces socialmente sancionadas como lugares de verdad: cargos académicos, portavoces morales de religiones, centros de estudio, gurús de los medios de comunicación, pseudopsicólogos de masas, etc.

No niego virtualidad analítica a la suposición de una "crisis de valores". Considero que la misma remite a una serie de cuestiones teórico-metodológicas: establecer qué son los valores, de qué valores hablamos, etc. (cuestiones teóricas); pero también diseñar índices e indicadores que nos permitan contrastar los discursos con lo que sucede en la dinámica social (cuestiones metodológicas). Sostengo que utilizar la expresión "crisis de valores" sin explicitar el lugar social desde el que se habla, así como los parámetros que confieren validez a la función "crisis", no es describir situación alguna, sino usar una expresión, un sintagma nominal, con valor performativo: un lenguaje emotivo, encaminado a suscitar determinados efectos en el auditorio.

5. Confusa, porque la expresión "crisis de valores" ha de ser contextualizada y referenciada a una determinada teoría de los valores. Teoría que habrá de responder a interrogantes como: ¿qué son los valores?, ¿existen con independencia de los bienes?, ¿qué relación tienen con éstos?, ¿se relacionan jerárquicamente los valores?, ¿cómo se constatan los valores?, ¿tienen sentido (negativo/positivo, regresivo/progresivo, etc.), los valores?, ¿cuál es su función social?, ¿tienen relación con los intereses?, etc., etc. Cuestiones de extrema complejidad y cuyo ámbito de respuesta nos lleva acaso a un cierto escepticismo ante enunciaciones como "la crisis de valores".

Empero, quien se arroja al ruedo del lenguaje -como yo hago ahora- ha de tener también el coraje de enfrentarse a la pregunta por la verdad de sus palabras. Y como quiera que la verdad es una construcción -no obstante misteriosamente encajada con lo real-, habrá de enfrentarse a la exigencia de difusión, de dispensar el tema de los valores en sus múltiples problemas. Quien no lo hiciera, sospechamos -indagamos el lugar de producción de su discurso-, más que describir una situación, pretende imponer una determinada manera de mirar, sentir y pensar. No pretendo yo tal cosa -más que en un sentido circunflejo, esto es, mediante la vuelta de la reflexión; por ello, me siento obligado a explicitar brevemente una tesis sobre los valores. Los valores son esquemas de apreciación de las prácticas sociales. Esquemas generados por el hábito socialmente construido e incrustado en los cuerpos y mentes de los sujetos, productor y reproductor de sus prácticas. Son un tipo especial de entidades (esquemas en ejercicio y/o representación) sociales de difícil construcción y alta inestabilidad en su superficie -esto es, aunque sean manifestación de esquemas incrustados en relaciones histórico-antropológicas de los cuerpos. De lo que se siguen múltiples corolarios: la reconstrucción del valor es un proceso de valoración, proceso que no se da en el vacío de una individualidad ficticia, sino en el pleno de una sociedad con estructuras (de clase, de género, de raza, de poder) determinadas; que no existe, por tanto, una "ausencia de valores", o una "sociedad sin valores", sino sociedades en las que compiten multiplicidad de valores por hegemonizar la totalidad del espacio social respresentable; que la crisis de valores no es más que la situación -normal al curso histórico mismo- en la que unos valores pierden su hegemonía porque se están erigiendo como hegemónicos otros; que la determinación de la progresividad, utilidad, positividad, incluso "bondad" de los valores sólo puede ser establecida desde otros valores y, así, definir unos como "mejores" que otros exige explicitar un criterio (mejores porque, por ejemplo, incrementan la potencia de obrar de la especie humana); y consideraciones semejantes.

6. Sucede también, o acaece, que todo el que muestra, oculta. Sólo mostrando el mostrar mismo cabe cierta luz sobre la oscuridad. Y por esto decimos que quien -como el portavoz de la conferencia episcopal, o como los gurús de los centros financieros internacionales que en estos días inundan nuestros medios de comunicación- afirma con el rigor de un rostro pensativo, cargado de la ley de los tiempos (o de Dios), que el problema fundamental (para la escuela, para la sociedad, para el modus vivendi mismo) es la crisis (incluso ausencia) de valores, más que mostrar, oculta. Más que orientar, desorienta; sitúa al oyente (o lector) ante el horizonte de una cierta perplejidad complaciente con la realidad, pretendiendo orientarle hacia los insondables caminos de una verdad sólo accesible a quien la enuncia.

Frente a tal oscurantismo, querido lector, sólo puedo lanzar la luz natural de la razón: la constante apertura al interrogante por el sentido íntimo y público de las palabras. Y, si alguien me preguntara por la ausencia de valores en la juventud actual, o por sus valores contrarios a las exigencias de la "buena vida", o por la sociedad corrupta, por el capital despiadado; si alguien me preguntara, por más que son cuestiones esas de la máxima trascendencia y no exentas de sentido, le respondería con una enigmática formulación: "son". Invitando, a la vez, a desentrañar la verdad de las palabras, sin los oropeles de la nostalgia o el deseo, con el único afán del geómetra: descubrir las relaciones entre las formas en que se relacionan los sujetos, las palabras y las cosas.