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TAURINADAS

 

 

 

por Gaspar T. Jimeno Diestro

           
 

     El día 18 de diciembre de 2009 se ha convertido en un día triunfal para los partidarios de la abolición de las corridas de toros en Cataluña, lo mismo que ha sido infausto para los defensores. El Parlamento de dicha Comunidad Autónoma estaba emplazado, nunca mejor dicho, a pronunciarse sobre la Iniciativa Legislativa Popular presentada por la plataforma Prou que, con el aval legal de las 180.000 firmas necesarias, pretendía, como así ha sido, conseguir la tramitación de la normativa que concluya en su momento con la abolición de las corridas de toros en su territorio, a pesar de las enmiendas a la totalidad presentadas por los partidos: Popular, PSC y Ciudadans para evitarla. La votación correspondiente aprobó con sesenta y siete votos a favor la propuesta, suficientes para salvar el primer escollo parlamentario y continuar con la tramitación.

     En relación con el tema se hacen una serie de reflexiones personales por estimar que en la cuestión merece la pena posicionarse. Pasando por encima de la clásica defensa que se hace de la fiesta en relación con el futuro de una especie, el toro de lidia, sin otra utilidad práctica conocida que la del espectáculo para el que ha sido seleccionado, y que en opinión de muchos, al suspender la actividad tauromáquica estará condenado a la extinción, con lo que ello significa para la tan nombrada biodiversidad tanto planetaria como del país. Ni tampoco de la desaparición de los ecosistemas en los que el toro habita, las dehesas, con el mismo significado que en el caso anterior. No. Estas cuestiones carecen de interés ahora mismo.

   

     Es preferible centrarse en otras consideraciones de tipo sociológico que no se sabe si han sido tenidas en cuenta por los defensores de la abolición y por los políticos que se han pronunciado en el sentido en el que lo han hecho. En primer lugar, no es preciso puntualizar que la decisión es perfectamente democrática, ajustada a derecho y hecha en el lugar oportuno, el Parlamento de la Comunidad correspondiente, por lo tanto se trata de una decisión exclusivamente política. Pero como ciudadano pediría por favor a unos y otros que no lo traten de vender como una decisión tomada desde la ética y la moral en relación con el derecho a la vida de los animales, cuando sus mismas señorías en decisiones que si que afectan a posiciones personales de conciencia éticas y morales, imponen a sus correligionarios de partido la nefasta disciplina de voto, dejando en este caso libertad de conciencia. Ejemplos tienen muchos en la hemeroteca. Espléndido.

     En segundo lugar, a lo mejor no es el hecho de los toros el que está en el debate actual, sino el de la prohibición en sí misma. Si pensamos y queremos que la llamada fiesta de los toros desaparezca, dejen o dejemos de asistir al espectáculo, puesto que a nadie se le obliga a asistir a algo que puede ir o va en contra de su sensibilidad o en base a cualquiera de las razones personales que a cada uno le asistan. En ése sentido quizás hubiera sido más oportuno dejar que la propia selección natural lo lleve adonde merezca estar, si es la extinción, pues la extinción. De esta manera, la medida es hasta posible que sea incluso contraproducente para los propios intereses de la propuesta, en base al análisis histórico de situaciones similares a esta, en las que el antitaurinismo más virulento ha conseguido ser el acicate que necesitaba el espectáculo para levantarse de sus momentos más delicados.

     Pero prohibir es censurar y el intervencionismo prohibitivo al que son vds. tan aficionados es algo que, en opinión de muchos, debería desterrarse de una vez por todas de la sociedad. Que si el tabaco, que si el vino, que si las grasas, que si…, los toros. Y después, ¿qué? La libertad del ciudadano ¿quizás? Una prohibición lleva a otras con el tiempo. Es cuestión de afición señorías, y a vds, afición a intervenir, les sobra.

     Acaso ¿Podemos llegar a prohibir a los artistas la inspiración en un espectáculo que, aunque les pese a algunos y se quiera esconder la muerte y el sufrimiento real está presente en todos los ámbitos de la vida? A “priori” no, incluso algunos parecen que dan la sensación de pujar por ella si conviene a sus intereses. Pura hipocresía.

     Recuerden sus señorías a los Goya, Picasso, Solana, Federico García Lorca, por citar únicamente a unos artistas dotados de la suficiente taurofilia, aparente o cierta, como para inmortalizarla en su obra. Piensen también en artistas actuales con el mismo estigma que los antiguos, como Pere Gimferrer, Fernando Botero, Albert Boadella, Vargas Llosa, Loquillo, Sabina, etc,… que taurinos o no, están dispuestos, junto a muchos otros a firmar el clásico manifiesto de “prohibido prohibir”, ya sean los toros como cualquier otra cosa.

     ¿Van vds, a poner cortapisas a su creatividad después? ¿Van a censurar sus obras en el espacio público catalán? ¿Preferimos prohibir a tolerar? ¿Preferimos prohibir a respetar? ¿Preferimos enconar a la sociedad al sentido común, a su propio “seny”? Adelante con los faroles pues, también en eso son expertos.

     Volvamos en el siglo XXI al anatema pontifical de Pío V en el siglo XVI contra los toros. Proscribamos y, por qué no, excomulguemos a todos los que participan en la fiesta. Como vds no saben, el resultado fue el que fue; que el pueblo siguió participando del espectáculo a pesar de los pesares, incluso del pecado y del fuego eterno prometido por tan ilustre figura. Y lo fue por una sencilla razón, porque la fiesta en aquel entonces ya y más ahora, tiene de sacra lo mismo que tiene de política, nada, aunque algunos episodios festivos tengan aún reminiscencias votivas, como la corrida de la Mercé de Barcelona, como el Manifiesto del mismo nombre que vds deben conocer. Lo que sí tiene es unas fuertes raíces ancestrales, culturales o no según la opinión de cada cual.

     Pio V pasó, posiblemente con más pena que gloria. Felipe II ni tuvo en cuenta sus admoniciones, y a vds, con todos los respetos a la fuerza que les da su estatus oficial actual, les harán caso mañana por el dicho “a la fuerza ahorcan”. Obligarán a sus conciudadanos a ir a las comunidades limítrofes o incluso al sur de Francia a presenciar los espectáculos, pero los verán. ¿O acaso los perseguirán hasta allí? Evalúen las consecuencias.

     Tampoco vayan a pensar y considerar que la futura prohibición de las corridas de toros en Cataluña es algo original. La prohibición es consustancial con la vida en comunidad. Los ilustrados del XIX, (con mayúsculas) con Dº Gaspar Melchor de Jovellanos a la cabeza, apoyados en las autoridades civiles de la época también propusieron la prohibición de los espectáculos taurinos, en aquel caso en toda España. Sus razonamientos empleaban la misma actitud civilizadora, culturizante, aséptica y con el correspondiente barniz del progresismo, eso sí del XIX que, paradójicamente, resulta ser el mismo que se pretende dar en el XXI. Pura imitación, ¿Dónde está la innovación? ¿Hemos perdido la imaginación?

     El resultado fue el mismo que el de la bula papal, una cosa es que el pueblo sea especialmente cruel con los animales, que no lo es, y otra, la idiosincrasia y tradición del pueblo. No lo confundan o si no repasen los grados de crueldad-civilización por otros lugares del mundo que admiran con el mismo rasero racionalista y superficial con que lo hacen aquí y en este caso.

     Resulta muy difícil defender las corridas de toros a quien quiera hacerlo ante los personajes que ahora las juzgan posiblemente partidarios, por los comentarios oidos, de dar “al pueblo pan y toros”. Supongamos también, aunque sólo sea a modo de hipótesis y siempre presuntamente, seguro que no es así, que los afanes prohibitivos deriven de una posición política, digamos excluyente de lo español que brota entre algunos de vds; y que pretenden presentar las corridas de toros como algo ajeno a la idiosincrasia local (y de paso franquista), aunque disfruten de los “carrerbous” de Tarraco por ejemplo, vistiéndolos como “diversión ancestral autóctona”. Ridículo. Por eso hemos hecho referencia a Pío V, a Felipe II o a los ilustrados. Los toros, recuerden, van desde varios siglos antes de la última dictadura, y hasta que vds. quieran, no solo en el periodo 1936-1975.

     Por todo ello, podría preguntárseles ¿Son los males de Cataluña los toros? Son los toros el problema u otras cosas que a los ciudadanos nos parecen endémicas en la sociedad y sus instituciones, todas ellas en sus ámbitos de competencia, y que están en la mente de todos. ¿Recuerdan alguna? Si es así, prohíban.

 

 
Imágenes : Tauromaquia de Picasso