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se escucha una leve música, probablemente de aquella ventana, abierta de par en par con una luz mortecina que asoma siguiendo la dirección de la luna. Aire, frío, pero ardor en las ganas. Él, con su cigarro a punto de consumirse ya por completo, absorto en la última calada, ya pronto llega a su fin. Como su vida. La da, última calada. Un tenue temblor le recorre el espinazo, haciendo imposible parar el escalofrío que lo mantiene sin aire durante unos segundos. Tranquilidad en su mirada, su risa hace dos noches que desapareció.
Se sienta sobre el muro de piedra, en medio del puente, mira asombrado los candados que de este cuelgan. Miles de promesas de un amor unilateral que se conciernen en un beso, y, probablemente, muchos de ellos hayan roto su juramento. Ahí, en el fondo de ese río que pasa bajo sus pies debe de haber millones de llaves esperando a ser recogidas un día, para devolver el amor propio a las almas que las arrojaron algunos años atrás. Cinco, diez, quince minutos, se levanta y vuelve a pisar uno por uno las baldosas recorriendo pisadas de otros, rozando cada amor prohibido con la suela de sus zapatos, que llevan al final del puente.
Ya no queda nada, solo soñar, que para algo es gratis, aunque ni de eso estaba seguro. Piensa, recuerda el sabor de su boca, el contacto de piel contra piel en una cama más que deshecha, sus manos, que hacían milagros con su entrepierna, la lujuria corría por sus venas, cual fuego intenso arrasa con un pajar, dos cuerpos que no tenían límite, luego le besaba el cuello, el pecho, el vientre y subía recorriendo con su lengua, el mismo recorrido, hasta llegar de nuevo a esa boca, salada como ella sola, le hacía rozar el cielo. Tan solo un segundo, pero él se sentía más que satisfecho, y luego dormían, dormían abrazados, con un amor ardiente que se podía observar en sus ojos.
Y ahora... ¿qué le quedaba? Rabia, ira, odio. No podía pedir más, de todas formas no había mucho más que pedir. Ella desapareció, como el humo. Voló, se fundió con el viento y voló.
Pero él lo sabía. Ella le esperaba allí arriba, en la más hermosa de las estrellas, con un ramo de rosas rojas. Rojo, rojo pasión. Poco le quedaba de vida, ¿un suspiro, quizás dos? |
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