Por qué SIRINGA
 
Revist@ Digit@l del IES Ciudad los Angeles
Presentación de "Memorias de un siglo"
 

En esta subsección de Tal como éramos que hemos titulado "Memorias de un siglo" vamos a presentar por entregas el relato autobiográfico que escribió pocos años antes de morir, en el año 2000, a los ochenta y tantos años de edad y tras su regreso a España después de un largo exilio en Francia, Fernando G. Montoliú, o simplemente Montoliú como le llamaban sus amigos. Es un relato inédito que dejó a sus sobrinos para que no perdieran la memoria histórica de la familia y su mayor deseo hubiera sido verlo publicado como manifestó en diversas ocasiones. Es un gran honor para la revista Siringa hacerlo público porque a través de este relato de una infancia turbulenta en el Madrid de principios del siglo XX, una adolescencia comprometida con las Juventudes Libertarias, su participación en la Guerra Civil como alto mando del ejército republicano, su vida clandestina en la inmediata posguerra y su largo exilio en Francia, podemos descubrir muchos aspectos de la historia social, política, económica y cultural de la Espana del siglo XX, objeto de la sección Tal como éramos.

Se ha respetado el texto tal como él lo escribió, con un castellano lleno de expresiones, palabras y giros de la lengua francesa que no existen en nuestra lengua y que él castellanizaba para poder expresarse. Lo respetamos porque esa forma de expresión es también un testimonio histórico, el de un largo exilio en Francia que le llevó a olvidar muchos vocablos de su lengua materna.

" Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla " George SANTAYANA ( 1863-1952)

 

MI VIDA SE ESCRIBE CON "G"

por Fernando G. Montoliú

 

PONTOISE, 1978

La culpa del relato de estos hechos, la tiene el guarda. Volví a España al cabo de treinta años para visitar a mi familia y tratar de visitar los lugares donde había pasado el tiempo de guerra. Regresé a Francia con el recuerdo de mi infancia y adolescencia, que ya se habían borrado de mi mente, pues de esos recuerdos me separan más de cincuenta años.

Entre las cosas que mi familia nos llevaron a visitar está El Escorial que yo ya conocía de largo tiempo. Por la tarde subimos a la Silla de Felipe II. Es allí donde se produjo un pequeño acontecimiento que me retrotajo a más de medio siglo.

Por uno de los senderos, caí frente a frente con un pequeño hombre en uniforme, sombrero y carabina al hombro. Fue talmente fuerte el choque que creí soñar. Aquel hombre yo lo había visto alguna vez, y sin embargo era más joven que yo. Treinta años de ausencia del país y encontrarme con una persona que nada había cambiado, el mismo uniforme, el mismo sombrero, la misma carabina, la misma estatura, la misma cara, la misma imagen de hacía más de cincuenta años. Aquel inesperado encuentro me trasplantó a otro mundo. Al mundo de mi infancia.

Como no cesaba de mirarle y no me atrevía a abordarle, él notó que algo raro pasaba en mí. Con mucha cortesía y una pequeña sonrisa me dijo – ¿Qué le pasa a usted señor? – ¿ Por qué me mira tanto?

El me facilitó la rotura del silencio y derecho fui a explicarle el motivo de tanta extrañeza producida en mí al encontrarme frente a él. Después de vacilar un poco, al fin encontré el hilo o la forma de decirle lo que sucedía. Usted perdóneme dije, pero más le miro más veo en usted el guarda de la Casa de Campo que me detuvo en mi infancia cuando entrábamos por el canalillo a robar las manzanas del Rey de España. Pero esto es imposible, es usted más joven que yo y de esto hace más de cincuenta años. Se echó a reir. Me preguntó - ¿dónde le llevaron cuando le detuvieron? Al puesto lindando con la carretera de Extremadura, le respondí. Exacto, aquel señor era mi padre. Soy su fiel retrato, por eso me confunde usted con él. Como ve usted, seguí el mismo oficio que él, solamente que el lugar no es el mismo.

A partir de ese día renació en mí un alubión de recuerdos de mi infancia, junto a un deseo de transcribirlos y aunque muy mal escritos y no muy bien reflejados, dejárselos a los sobrinos, para que los lean en los días que no sepan que hacer y les gane el aburrimiento.

Así pues, haré un relato lo más sucinto posible de una infancia turbulenta. El barrio del Puente de Segovia era un lugar apropiado y el cuadro ideal para engendrar y desarrollar tales cosas. Barrio popular de las afueras de Madrid donde predominaban los carreteros y cargadores. Casas bajísimas por donde entraban personas y animales por la misma puerta. Habitaciones y cuadras que nada separaban, camas cargadas de criaturas, y aves y gallináceos que revoloteaban de un extremo a otro de la cama por encima de las cabezas de los durmientes. Todavía los había más miseriosos, los que en la Pradera o barrio de San Isidro habitaban en chabolas de hojas de lata y materiales los más heterogéneos. Era uno de los barrios de los alrededores de Madrid de los más atrasados, muchos y malos toreros, aspirantes a boxeadores, con alguna figura que llegó a primera serie nacional. Chorizos de poca monta y algunos carteristas que sobrepasaban el ámbito local y que por sus “éxitos “ operaban en el ámbito nacional. Golfos de todo pelaje poluaban en gran cantidad. La Guardia Civil no les daba paz ni cuartel y en cierta medida les temían ya que tiraban fácilmente de navaja. En este ambiente nada de particular tiene que para nosotros, los más pequeños, aquellos hombres fueran nuestros ídolos.

 

Bandas de decenas y centenas de críos deambulaban a lo largo y ancho del río Manzanares. En el verano los chicos andaban descalzos y con un simple pantalón. A mí me encantaba ese ambiente y quería parecerme a ellos en la manera de desvestirme, cosa que nunca pudimos conseguir ninguno de los hermanos pues mis padres no nos lo permitían. Ese aspecto limpio y bien calzado que tan poco me gustaba y que contrastaba con el de los demás chicos me sirvió para bien en algunas ocasiones como en el incidente que relato a continuación.

" Uno de los días en que estábamos cogiendo las manzanas del jardín del Rey nos cogió el guarda. De los muchos que éramos, la mayoría consiguió escapar y entre los cinco detenidos me encontraba yo. A medida que interrogaba a los críos les lanzaba una bofetada. Todos eran hijos de carreteros y mozos de cuerda. El último en ser interrogado fui yo.

Después de preguntarme por mi nombre y apellidos, me preguntó lo mismo que a los otros chicos. Le respondí que mi padre era ferroviario y me dio un pequeño cachete, casi paternal. Me dio vergüenza que no me pegara como a los demás. Debió suponer por mi vestimenta y mi calzado que yo me había dejado llevar por "aquella banda de forajidos". Nos condujo al cuartelillo introduciéndonos en una pieza que lindaba con la casa. Descolgó un nervio de buey. No había comenzado a pegar, cuando por la puerta que había quedado entreabierta apareció un niño.

No los pegues papá, dijo el niño. Y se echó a llorar. No, no los pego, dijo el guarda citando el nombre del niño. Le abrazó cariñosamente y le hizo salir de la pieza. Detrás de él cerró la puerta con llave. Pasamos, pienso yo, unas dos horas, que seguramente aquel buen hombre las debió dedicar a la meditación entre su oficio de defensor de las propiedades Reales y la voz de aquel niño pidiéndole que no nos pegara. En esa ocasión prevaleció la voz de su hijo sobre el deber de defensor de la propiedad privada".

No puedo ser afirmativo pero todas las condiciones concuerdan para pensar que aquel guarda encontrado por azar en la Silla de Felipe II no era otro que aquel niño que cincuenta años antes había llorado por nosotros.

 

LOS ESCASOS AÑOS DE ESCUELA

En el barrio del Puente de Segovia en Madrid había una escuela donde aprendí a hacer las primeras letras. Era un viejo edificio con grandes ventanales, un viejísimo mapamundi y un Santo Cristo colgado sobre la estrada donde el señor maestro se sentaba sobre una vieja silla y se apoyaba sobre una vieja mesa. Un rústico brasero en invierno donde Don Simón calentaba sus pies y en verano, una especie de horno donde la calor sofocante de Madrid nos hacía dormitar a todos, niños y maestro.

La escuela se llamaba " Escuela del Círculo Católico Obrero de San Isidro". El maestro Don Simón, ya entrado en años, enjuto y de largos bigotes, se tomaba en pena de enseñarnos las primeras letras. De genio vivo, paso ligero y manos rápidas, unía a su disposición de enseñante, una gran facilidad para tirar de las orejas a cuantos hacíamos ruído. No obstante, debemos serle reconocedores del gran esfuerzo que hacía, sin apenas medios, por darnos unos pequeños conocimientos generales a niños que variábamos entre nueve y doce años.

No lejos de la escuela pasaba el río Manzanares y no menos lejos la Casa de Campo, lugar de recreo y caza de reyes y príncipes. Las deliciosas peras y manzanas del Rey y las sucias aguas del Manzanares nos atraían a muchos de nosotros más que la escuela.

No sé por qué razón fui elegido por Don Simón como recadero, y todos los días de escuela tenía el privilegio de salir a la calle a comprar un paquetillo de tabaco, lo más barato a la época. Privilegio que era compensado con ser el último de la clase, lo que me permitía tener un pupitre como todos los demás pero en lugar de lleno de libros y cuadernos, lleno de limas,de trozos de acero y cobre, y una antenalla que me permitía una actividad manual.

Pasaba un gran rato del día haciendo puntas para peones; tenía mis cómplices que me prevenían al menor movimiento del maestro. Una vez terminado mi trabajo, cambiaba las puntas de los peones contra los bonos que se daban a los niños por asiduidad a la misa de los domingos. Diez bonos valían una entrada de cine.

Un día Don Simón me dijo:

- Cómo es posible, no vienes a misa y sin embargo siempre tienes bonos para ir al cine.

No supe que contestar.

Poco inclinado al estudio y en aquel tumultuoso ambiente de barrio popular madrileño, se desarrollaba mi vida como la de cientos de niños que esperábamos cumplir los once o doce años para ir a trabajar.

Todos teníamos prisa por librarnos de la escuela y del plumero de Don Simón. Llamábamos "plumero" a su ancho y largo bigote, terminado en punta y del que se servía para limpiarnos las orejas. Docenas de veces nos tiene tirados del pelo y al mismo tiempo, haciendo un movimiento rápido del labio superior, agitando la punta del bigote, lo introducía en la oreja del castigado y, esta sensación de cosquillas, nos hacía temblar y nos daba terror.

Nuestros conocimientos escolares eran muy limitados. Simplemente las cuatro reglas y un poco de escritura y geografía. Por contra, en religión estábamos muy al corriente, el mismo maestro se ocupaba de ello. El estudio de la religión formaba parte de nuestro programa de estudio diariamente junto con las otras asignaturas.Don Simón, a pesar de sus años y su aspecto severo, tenía rasgos cómicos que provocaban frecuentemente las risas de todos los niños. Si los rezos y letanías eran fatigantes, en el verano eran insoportables; el calor sofocante de Madrid era más propicio a hacer la siesta que a rezar la salve. Mientras duró mi estancia en la escuela, los mismos rezos, los mismos cánticos, el mismo escenario:

Sentado en su silla, cogía una larga vara que llamaba báculo y comenzaba con las mismas palabras. Con la vara daba unos golpes sobre la mesa, el silencio se imponía y decía:

- Vino el arcángel San Gabriel....

Como movidos por un resorte, los setenta niños comenzábamos el cántico:

- Vino el arcágel San Gabriel a anunciar a la Virgen María.......

En esa monotonía, Don Simón se quedaba dormido con un sueño profundo al que sólo ponía término la batalla campal y la algarabía de la masa de niños. Descendiendo de su pedestal, comenzaba a baculazos a derecha y a izquierda hasta que al fin el orden era restablecido para continuar con la Salve y el Padrenuestro, y como castigo nos imponía el Ora.Pro.Novis.

El cura venía un día por semana y después de los cantos religiosos y haberle besado las manos, nos ofrecía estampas, cruces y medallas.

Mal estudiante y poco amigo de frecuentar la escuela, me encontraba a mis anchas en el último banco y la plaza última de la escuela. El recuerdo más grabado de mis pocos años de escolar fue aquel día en que ni yo mismo puedo comprender el porqué supe la lección. Una vez por mes Don Simón hacía un interrogatorio oral que servía para la clasificación. Se trataba de Geografía y no sé por qué milagro, ninguno de los niños explicó bien la lección. Al llegar a mí, me sentí inspirado, me levanté y por una sola vez recité como un papagayo:

" España es una península de 460.000 kilómetros cuadrados. Al norte linda con Francia y el mar Cantábrico, al oeste linda con Portugal, al sur con el mar Mediterráneo....."

La recitación, supongo, debió ser muy acertada pues al terminarla, Don Simón haciendo la señal de la cruz y en voz alta dijo:

- Pero González, ¿qué santo le ha caído del cielo? Páseles a todos.

Y cogiendo mis pocos libros y mis muchos instrumentos de trabajo, avancé a la segunda plaza de la escuela. En el traslado se me cayó la suelo la antenalla que produjo un gran ruido. Inquieto el maestro, se interesó, pues creyó que alguién había tirado una piedra y cual no sería su sorpresa al ver que en mis bolsillos trasladaba un pequeño taller de artesano.

Interrogado con insistencia sobre el porqué de todos aquellos instrumentos y ante mi mutismo, el maestro exhibió, ante las risas de todos los niños, mis útiles de trabajo. La algarabía fue general y las carcajadas resonaban estruendosamente. Al fín impuso silencio y los "acusadores" salían de todos los bancos para decir al señor maestro lo que yo no quise decir:

- Hace puntas de peones y las cambia por los bonos de la misa.

Varias veces y varios niños repetían las mismas cosas. Pero Don Simón, muy indulgente en aquella ocasión, me mandó sentarme en la segunda plaza que me había ganado, me restituyó mi pequeño taller pero me cerró mi industria que no pude explotar más so pena de expulsarme de la clase.

En el primer banco no me encontraba en mis aguas y pocos días después reocupaba mi plaza habitual que guardé hasta el día en que, sin decir nada a nadie y cogiéndome a la trasera del tranvía, me marché por el centro de Madrid en busca de trabajo.

Continuará