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Una de esas mañanas tórridas, salimos Luis y yo a hacer las series de entrenamiento, como llevábamos haciéndolo dos meses intensivos ya que competíamos en el medio maratón de Vigo. Solemos correr a orillas del seco y pobre río Segura. Hay un largo camino de tierra, donde la gente pasea, anda en bici o corre. Al otro lado del camino hay árboles y algo de huerta virgen, que muy pronto destruirán.
Cuando estábamos haciendo una de las series, a lo lejos vimos a un señor con una moto vieja que se paraba entre los matorrales. Cuando llegamos al punto la sorpresa fue enorme y entre sudor, fatiga, respiración acelerada y un calor insoportable, nos encontramos a tres cachorros de perro: dos negros y uno blanco. Cuando fuimos a recogerlos, lloraban y huían atemorizados, hasta que después de una peligrosa aventura, conseguimos cogerlos. No dejaban de llorar, estaban plagados de bichos y garrapatas. En ese momento, pararon tres chicas en bici y todos nos fuimos a un veterinario que yo conocía –ya que tengo dos perros en Murcia y los llevaba allí- a 6 km de donde estábamos.
Durante el camino, Luis y yo nos mirábamos con el convencimiento de que el blanco sería nuestro. No pronunciábamos palabra; no hicieron falta. Dos semanas antes, Paul, un pastor alemán que tenía Luis en su casa de Coruña murió repentinamente. Tenía 13 años y también fue abandonado.
Fue simbólico, casual, una revelación, un regalo, no sé,… . El caso es que sin dudar ni un segundo, el perrito ya formaba parte de nuestras vidas y además decidimos llamarlo "Sprin", porque así fue encontrado, corriendo y esprintando en las series. A partir de ahora nos acompañaría en todas las carreras a las que fuéramos .
Laura López. Profesora de Lengua y Literatura |
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