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Revist@ Digit@l del IES Ciudad los Angeles         Concursos

Concurso Literario 2010-11

Relato Corto. Presencial

TEMA : Aventura y transporte público

Dirigido a alumnos de 3º- 4º ESO y 1º- 2º Bachillerato.
   

CONOCE los textos y autores de los trabajos premiados


     

Primer Premio

Guillermo Ortega      4º D . ESO

    Las hojas caían lentamente, sin prisa alguna. Una fina capa de niebla empezaba a cubrir ya los adoquines de la ciudad. Cuando lo más interesante que puedes hacer es mirar por tu ventana, el pensamiento, retorcido y poderoso, tiene vía libre para tramar alguna locura. Pero no. Aquel día mi inspiración todavía estaba en la cama, así que decidí bajar al parquecillo que hay cerca de mi casa para aislarme de todo y pensar. Nunca antes había vivido experiencia semejante, yo, escritor afamado y de inagotables recursos, se encontraba ante una profunda crisis de creatividad ….. Sólo una idea iluminaba mi descompuesto pensamiento: Kelly.

Ester, profesora de Lengua y Literatura entrega el premio a Guillermo
    Kelly era una mujer muy joven, morena y de unos ojos verdes tan exóticos y brillantes que cualquier persona que no la conociera pensaría con toda seguridad que era de ficción. La mayoría de las veces nos pasábamos las largas tardes de verano paseando de allí para acá, sin importar la dirección. Cogidos de la mano o en un abrazo que fusionaba nuestras almas, tomábamos el metro hasta su casa. Una de las ventajas de vivir en una gran ciudad es ésta: que gente como Nelly y yo podíamos estar en pocos minutos juntos, conectados. Aunque a mí, personalmente, me gusta más la soledad de los autobuses nocturnos; en efecto, eran lo más parecido a los animales de la noche, con sus luces alumbran los rincones más escondidos, y con el ruido de sus motores llenan la ciudad de “música”.

    Sin embargo, cuando me dirigía a casa de ella, después de haber reflexionado profundamente sobre el sentido de la vida (uno de mis temas preferidos), me topé con una escena, digamos que bastante inusual. Desde la calzada divisaba a una mujer, no demasiado mayor y con el pelo de color rojo, que estaba a punto de tirarse del puente de la 5ª Avenida. Un pelotónde gente se empezaba a acercar para ver más de cerca lo que iba a suceder. Armándose de valor, llena de pena y disgusto, y seguramente con alguna que otra copa de más, aquella extraña mujer calló al vacío, y su cuerfpo inerte en el suelo fue atropellado por un par de coches antes de que pensaran que “eso” no era un bache cualquiera. No deseo a nadie esta visión, tal atrocidad no podía haber pasado y menos a plena luz del día ….. Aunque lo peor todavía estaba por llegar. La policía, en colaboración con los servicios médicos, descubrieron con eficacia la identidad de aquel cuerpo. Menos mal que Kelly no había estado conmigo en el momento del suicidio pues estas cosas a ella le afectaban mucho. Unos minutos después supe que nunca volvería a estar a mi lado …. La mujer pelirroja sorprendentemente era Kelly, y nada de lo que había visto tenía sentido alguno. Mi mente, desesperada por encontrar respuestas, viajaba incansable hasta el agotamiento. La lluvia empezaba a arreciar y el tiempo, inexorable, no daba muestra alguna de comprensión …. Pero, ¿por qué? ¿ por qué ha tenido que ser precisamente ella? Era la única persona en el mundo capaz de hacerme sentir vivo, de sonreir, de hacer que no cometiera ninguna estupidez…

    Era como si toda mi vida la hubiera reducido a ella con el inconveniente de que ahora Kelly no estaba. No, no y mil veces no… tenía que hacer algo más que cruzarme de brazos, suspirar y echarla de menos, así que cogí el metro hasta la comisaría, recogí todas sus pertenencias y las llevé a su casa. Demasiados interrogantes para un poeta que ya no tenía musa, ni pluma ni ganas de vivir. Encima de su mesita de noche encontré una cuartilla cuidadosamente doblada , me dispuse a abrirla y leí en voz alta :

    “ Querido G.O. ( ese era mi seudónimo a la hora de escribir) . si estás leyendo estas líneas, seguramente será porque yo ya no esté a tu lado…. Antes de nada, permíteme explicártelo. Como ya sabes, hace unos años fui a la selva amazónica con intención de estudiar una nueva especie de insecto. Allí, aparte de conocer a otros pueblos con culturas distintas, vivir aventuras y riesgos peligrosamente peligrosos, bajar por el río más impresionante que jamás he visto, además de todo eso y mucho más, también contraje una enfermedad desconocida para el mundo entero , sin cura y demasiado fuerte como para luchar contra ella. Esta enfermedad no tenía ningún síntoma visible, hasta que hace unos pocos días despertó de su letargo. Yo sentía que no me quedaba mucho tiempo, y perdóname por no haber tenido el valor suficiente para decírtelo. Lo siento …… lo que te voy a pedir es injusto, lo sé, pero quiero que me prometas que lo harás. Si aún recuerdas algo de lo bien que lo hemos pasado juntos, hazlo por mí …. ¡Sé feliz! No cometas locuras, sigue adelante con tus proyectos y cree en ti mismo, siempre con ganas e ilusiones. Por favor, te juro que yo no quería irme de tu lado, perdóname algún día …”

    Como una losa cayó esta carta sobre mí. “Cranck”, “crunch” eran los sonidos de mi corazón roto. Tenía ganas de ….. ¡no tenía ganas de nada!. Cualquier cosa, un mechero, unas tijeras, el trozo afilado de un cristal, cualquier cosa me hubiera sido útil para acabar con todo este dolor, pero una vez más, el destino jugaba conmigo ….

    El ruido de los autobuses, el murmullo de los taxis, la lluvia contra mi ventana ….. nada, no tenía absolutamente nada.

    El poeta olvidado no es aquel que muere, desaparece de las librerías y de las estanterías de los niños, no …., el poeta olvidado es aquel poeta sin alma, sin amor, sin inspiración.… y ese, sin duda alguna, ese era yo.


Segundo Premio

   Laura Robles      2º 3   BAC.  

 

    Siempre he pensado que para conocer las entrañas de Madrid, es necesario viajar en metro. Es allí donde se ve el auténtico ser de la ciudad; es allí donde suceden las historias más sorprendentes y surrealistas.

    Recuerdo con especial cariño a un clarinetista apostado en la escalinata del metro de Santo Domingo; cuando escuché su melodía me vi gratamente sorprendida pues esa misma tarde la había escuchado de manos de un clarinetista profesional con bastante menos acierto. Pensé entonces en el papel tan importante que juega en nuestra vida la suerte, y qué engañada estaba al pensar que solo se aprende música en un conservatorio. Creeréis que es un suceso sin importancia, pero fue el mismo, el que me impulsó a tomarme mi carrera musical con bastante más entusiasmo y a abrir mis horizontes de aprendizaje. Por eso, cada vez que veo a un músico en el metro, me paro, le observo, y si lo hace bien, me deleito con su arte como si estuviera en la Filarmónica de Berlín. Intento darle aunque solo sean unos céntimos pues quién sabe si la fortuna un día me pondrá en su situación.

    Más no es este el único acontecimiento que merezca la pena contar. Llega a mi memoria un día de hace un par de meses, donde mis ánimos estaban mermados por el reciente descubrimiento de las mediocres notas que había sacado; y como siempre que estoy realmente triste, me dirigí con mi ejemplar de Cumbres Borrascosas a mi cafetería preferida. El metro estaba abarrotado y tuve que ir de pie todo el trayecto. Me entretuve con un poema que vi pegado a una de las paredes de dicho transporte, sin imaginar que nada más leerlo se convertiría en una gran dosis de positividad. Se trataba de No te rindas de Mario Benedetti, una obra maestra donde las haya. Me sentí reflejada en cada palabra. He de decir que pensé que me había vuelto loca , porque parecía hecho expresamente para mí. Desde entonces decidí colgar el poema en la pared de mi habitación, y cada mañana al despertar lo leo. Puede parecer una tontería, pero es mejor que un libro de autoayuda, y me da el coraje suficiente para enfrentarme a este curso tan duro.

    Sé que aún me esperan un montón de momentos especiales, casualidades o no, que harán que descubra nuevos universos, porque el metro es eso, una pequeña expresión del mundo que nos rodea.

 
   

Tercer Premio

Marta Abad      3º D. ESO  
     

    Aún era temprano cuando salí de casa. En realidad, no iba a hacer nada en especial, pero sentía que éste iba a ser un día espléndido, y que no podía quedarme encerrada en casa sin hacer nada, viendo simplemente cuán rápido se escapaba el tiempo.

    Esa mañana me sentía curiosamente alegre y optimista, "debe ser por el tiempo", me dije a mí misma. Era impresionante ver cómo despertaba la ciudad poco a poco, y cómo esos autobuses rojos que tan acostumbrada estaba a ver se iban llenando paulatinamente.

    Por puro impulso, me subí a uno de ellos. No sabía a dónde me llevaba, aunque creo que era precisamente eso lo que lo hacía aún más excitante. Me encantaba sentarme en la parte de atrás, junto a la ventana, y ver cómo cientos de vidas pasaban a mi lado a 80 km/h.

    Pasé junto a un colegio, en el que cientos de niños jugaban al fútbol, a la comba, al escondite o a la rayuela, como si se les fuese la vida en ello, con una felicidad y una inocencia que rebosaban por los cuatro costados. Después apareció ante mi vista un pequeño supermercado, que tanto hay en los barrios, de ésos a los que te manda tu madre a las ocho de la tarde porque le falta algún alimento indispensable para que la cena quede perfecta. De él salía todo tipo de gente, sobre todo señoras con el carrito de la compra lleno a rebosar, aunque también se veían bastantes hombres haciendo la compra, lo cual me pareció un signo de avance, pues esto no hace muchos años habría sido impensable.

    En ese momento el autobús paró y no sin dificultades entró una señora con un pequeño carrito en el que traía a su bebé. Inmediatamente me levanté y le cedí mi asiento, lo que me agradeció cálidamente. Me di cuenta de que dos horas antes había salido de casa sin ningún propósito, y aunque más de uno pensaría que estoy loca, cuando salí del autobús y le observé mientras se alejaba, pensé que realmente había estado muy bien esta aventura, la de ver cómo tantas historias diferentes, alegres o no, pasaban junto a mí mientras yo iba a ninguna parte, montada en un autobús rojo a 80 km/h.