Como pez en el agua Acababa de mudarse a la casa de al lado. Yo le observaba a través de la ventana de mi cuarto, desplazando tímidamente las cortinas para que no me viera. Era un hombre bastante extraño y los enseres que bajaban del camión de mudanzas, parecían sacados de un viejo desván. No había camas, ni sillas normales, ningún armario o cómoda. En cambio, un sinfín de cachivaches componía el ajuar de aquel hombre recién llegado al vecindario. Era el comentario de todos los vecinos, pero al cabo de unos días, nuestra curiosidad se vio satisfecha cuando apareció por la calle principal en su furgoneta de colorines, anunciando a bombo y platillo, el espectáculo que nos invitaba a presenciar: “El primer viaje en patín-anfibio”. ¡Qué asombroso¡ pensé, así que fui enseguida a casa, cogí dinero y corrí como un relámpago a comprar mi entrada. El experimento tendría lugar en la playa, al atardecer. Era necesario que subiera la marea para poder llevarlo a cabo. Llegada la hora del acontecimiento, la gente se fue acercando al lugar indicado. La tarde era cálida y el mar estaba tranquilo, así que nada podía fallar. Una música pegadiza inundaba el ambiente, dándole aires de festival. Hugo, que así se llamaba el hombre-inventor, había traído una gran caja y, muy ceremonioso, empezó a sacar de ella, un patín de madera barnizada, una hélice, una especie de aletas, una escafandra, un traje de neopreno, cuerdas, tablas, globos y mil artilugios más que nos mantenían en constante atención. Con destreza empezó a ensamblar las piezas hasta que el extraño artefacto estuvo listo. Luego, con mucha solemnidad, dijo: - Ahora sólo queda esperar a que suba la marea. Mientras tanto pediré un voluntario para ser el primer pasajero de mi patín-anfibio. Como yo estaba en primera fila, me ofrecí sin dudarlo. El hombre me puso el traje de neopreno y metió mis pies en una especie de botas atadas al patín, me colocó en las manos las aletas y por último, me puso la escafandra. Debía de parecer un ser de otro planeta, a juzgar por la cara que ponía todo el mundo. Después de observar el mar con expresión grave, decidió que era el momento justo, tiró entonces de una cuerda y accionó una manivela, la hélice comenzó a girar y el patín arrancó lentamente e inicié mi esperado viaje. Al principio me deslicé con suavidad. No sentía nada, estaba agarrotado por el nerviosismo, pero luego, poco a poco, me fui adentrando en el mar y empecé a notar la suave brisa en todo mi cuerpo, a pesar del aislante.
Tan alucinado estaba, que casi no pude percibir el cambio de rumbo de la nave. Un sonido diferente provenía de la hélice, y el patín se empezó a elevar al mismo tiempo que cogía velocidad. Fue entonces cuando vi que su parte delantera se dirigía en picado al agua. ¡No lo podía creer. Estaba atado en aquel armatoste y estaba buceando!. A través del cristal del imponente casco, observé un mundo desconocido para mí, vi pequeños peces nadando a mi lado, plantas meciéndose acompañándome con su danza, conchas de todos los tamaños y hasta me pareció ver un caballito de mar. Me dejé llevar por la magnífica visión y disfruté del alucinante viaje . Era un niño, pero me sentía como un pez. Había perdido la noción del tiempo. No obstante, recordé lo que aquel hombre había explicado: Pasados unos minutos, un mecanismo inflaría los globos situados debajo del patín y me sacarían a la superficie. Y así debió de ocurrir, porque me encontré de nuevo patinando sobre el agua, entre gritos y aplausos. Por primera vez en mi vida me sentía un héroe. Había realizado una hazaña y además estaba a salvo. Me desembaracé como pude de las aletas y me quité la escafandra. Quería que me vieran y saludar a todo el mundo. Allí estaban mis amigos, mi profesor de Ciencias, doña Enriqueta y todos los demás, pero en quien yo me fijé fue en el hombre-inventor, parecía tan feliz, que agité mis brazos una y otra vez para que me viera. Ellos también agitaban mucho los brazos, todos me hacían señales y yo no cabía en mí de satisfacción. Pensé que eran demasiadas muestras de alegría, hasta que pude darme cuenta de que intentaban avisarme de la presencia de una ola, que venía tras de mí. Lo comprendí al verme de bruces en el agua, con todos los aparejos desperdigados a mi alrededor. Luego, sentado en la arena, con aquel montón de algas enroscadas en mis piernas, me veía como un títere. Atrás quedaba el momento triunfal. Poco a poco volvió la normalidad y todo el mundo regresó a casa. Entonces el hombre- inventor se acercó a mí y me dijo: - ¡Qué pena que el patín haya desaparecido¡. Tendré que construir otro, aunque no será igual. Éste era especial. De todos modos, esperaremos a que baje la marea. Seguro que lo arrastrará hasta la playa. Sí, …Estoy seguro de que la marea lo traerá. Blanca Valls. Amiga de Siringa. |