Por qué SIRINGA    
 
Revist@ Digit@l del IES Ciudad los Angeles
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Amigos

Luisa y yo vivíamos en una pequeña habitación. Todos los días desayunábamos juntos, salíamos a pasear y hablábamos con la gente que nos encontrábamos en el parque. Era muy cariñosa conmigo y aunque decía que no tenía dinero, de vez en cuando me compraba un filete de carne fresca y tierna en la carnicería de al lado, -Esto te hará aún más humano - me decía, y se empezaba a reír a carcajadas, Yo no entendía muy bien lo que quería decir, pero si ella estaba contenta, yo era feliz.

Por las noches, Luisa sacaba una botella del armarito, decía que era un jarabe para poder dormir y para que la tos no la despertara, y bebía despacio. Esa hora era la que más me gustaba, porque me contaba cosas de su familia, de sus hijos, de un hombre que la volvió loca, del amor y de la vida. Y yo también le contaba cosas mías, y hablábamos y hablábamos hasta que se quedaba tan profundamente dormida que la botella se le caía de las manos y rodaba por el suelo hasta donde yo estaba. Por la mañana le costaba mucho despertarse y siempre estaba enfadada, pero no conmigo, sino con el mundo, decía.

Luisa y yo éramos una familia, nos teníamos el uno al otro y nos hacíamos compañía. Luisa creía en los milagros y pensaba que, si deseabas con fuerza una cosa, al final sucedía. Yo también empecé a creer en su teoría y así pasábamos los días deseando cosas y esperando a que el milagro se produjera.

Una mañana fría de invierno, Luisa no se despertó. Me tumbé a su lado y puse mi cabeza encima de ella para que me viera enseguida, cuando abriera los ojos, esta vez había bebido más jarabe que de costumbre, nos habíamos pasado casi toda la noche de conversación, y seguro que estaría de peor humor que nunca.

No sé cuánto tiempo pasó, sólo recuerdo un ruido de sirenas y un montón de luces que me sobresaltaron. Luego, llamaron a la puerta varias veces, -yo seguía acostado al lado de Luisa, esperando que se despertara. Vinieron varios hombres y armaron mucho ruido, parecían muy nerviosos dando vueltas por la habitación. Entonces, la subieron en una camilla y la sacaron de casa. Mientras se la llevaban, oí decir a uno de los hombres:

- ¡Qué raro, aquí no hay nadie ¡ ¿Quién nos habrá avisado?

Otro, el más joven de todos, me miró fijamente durante algunos segundos, y dijo:

- Es verdad, aquí no hay nadie. Sólo un perro.

Luego, me trajeron aquí, a esta casa grande donde a menudo vienen personas a vernos, nos miran y nos acarician, a mí también me acarician y me dicen cosas, pero luego hablan entre ellos y dicen que soy feo y que mi tono es muy agudo y molesto.

- Creo que no me entienden…

Hoy se ha ido Nica. Me he alegrado por ella. Cuando la he visto marcharse en el coche que la llevaba a su nueva casa, sus ojazos negros lo expresaban todo. Ahora estará bien y no pasará frío, ni tampoco calor. Supongo que me echará de menos. Nos habíamos hecho grandes amigos cuando nos quedamos los dos solos, después de que se fueran los demás. También ellos parecían muy felices cuando se marcharon.

La luz del día se va apagando y la noche aparece de repente. Tengo frío. Hoy Manuel tarda mucho, tengo hambre y quiero que me traiga la comida, como todos los días. Me gusta Manuel, siempre habla conmigo, me cuenta muchas cosas, me dice si va a llover o si va a hacer frío, también dice que soy muy listo, que sólo me falta hablar, y yo no sé como explicarle, que sí hablo, pero que no me escucha. Tendré que tener paciencia y enseñarle lo que Luisa y yo sabíamos, que si crees en algo firmemente, aunque parezca imposible, al final sucede.

Unos pasos me sacan de mis pensamientos, debe de ser Manuel. Hoy está más contento que otras veces y tiene muchas ganas de hablar. Hoy su voz tiene algo especial, suena diferente. Además, me mira a los ojos cuando habla y me sonríe. Hoy, tal vez… .

Y cuando se va alejando, le grito con fuerza:

- ¡Buenas noches, Manuel¡

Él se queda parado en seco, luego, vuelve la cabeza lentamente, y me dice:

- Buenas noches, amigo.

 
   
   
 

Como pez en el agua

Acababa de mudarse a la casa de al lado. Yo le observaba a través de la ventana de mi cuarto, desplazando tímidamente las cortinas para que no me viera.

Era un hombre bastante extraño y los enseres que bajaban del camión de mudanzas, parecían sacados de un viejo desván. No había camas, ni sillas normales, ningún armario o cómoda. En cambio, un sinfín de cachivaches componía el ajuar de aquel hombre recién llegado al vecindario.

Era el comentario de todos los vecinos, pero al cabo de unos días, nuestra curiosidad se vio satisfecha cuando apareció por la calle principal en su furgoneta de colorines, anunciando a bombo y platillo, el espectáculo que nos invitaba a presenciar: “El primer viaje en patín-anfibio”.

¡Qué asombroso¡ pensé, así que fui enseguida a casa, cogí dinero y corrí como un relámpago a comprar mi entrada.

El experimento tendría lugar en la playa, al atardecer. Era necesario que subiera la marea para poder llevarlo a cabo.

Llegada la hora del acontecimiento, la gente se fue acercando al lugar indicado. La tarde era cálida y el mar estaba tranquilo, así que nada podía fallar. Una música pegadiza inundaba el ambiente, dándole aires de festival.

Hugo, que así se llamaba el hombre-inventor, había traído una gran caja y, muy ceremonioso, empezó a sacar de ella, un patín de madera barnizada, una hélice, una especie de aletas, una escafandra, un traje de neopreno, cuerdas, tablas, globos y mil artilugios más que nos mantenían en constante atención.

Con destreza empezó a ensamblar las piezas hasta que el extraño artefacto estuvo listo.

Luego, con mucha solemnidad, dijo:

- Ahora sólo queda esperar a que suba la marea. Mientras tanto pediré un voluntario para ser el primer pasajero de mi patín-anfibio.

Como yo estaba en primera fila, me ofrecí sin dudarlo. El hombre me puso el traje de neopreno y metió mis pies en una especie de botas atadas al patín, me colocó en las manos las aletas y por último, me puso la escafandra. Debía de parecer un ser de otro planeta, a juzgar por la cara que ponía todo el mundo.

Después de observar el mar con expresión grave, decidió que era el momento justo, tiró entonces de una cuerda y accionó una manivela, la hélice comenzó a girar y el patín arrancó lentamente e inicié mi esperado viaje.

Al principio me deslicé con suavidad. No sentía nada, estaba agarrotado por el nerviosismo, pero luego, poco a poco, me fui adentrando en el mar y empecé a notar la suave brisa en todo mi cuerpo, a pesar del aislante.

Tan alucinado estaba, que casi no pude percibir el cambio de rumbo de la nave. Un sonido diferente provenía de la hélice, y el patín se empezó a elevar al mismo tiempo que cogía velocidad. Fue entonces cuando vi que su parte delantera se dirigía en picado al agua. ¡No lo podía creer. Estaba atado en aquel armatoste y estaba buceando!.

A través del cristal del imponente casco, observé un mundo desconocido para mí, vi pequeños peces nadando a mi lado, plantas meciéndose acompañándome con su danza, conchas de todos los tamaños y hasta me pareció ver un caballito de mar. Me dejé llevar por la magnífica visión y disfruté del alucinante viaje . Era un niño, pero me sentía como un pez.

Había perdido la noción del tiempo. No obstante, recordé lo que aquel hombre había explicado: Pasados unos minutos, un mecanismo inflaría los globos situados debajo del patín y me sacarían a la superficie. Y así debió de ocurrir, porque me encontré de nuevo patinando sobre el agua, entre gritos y aplausos.

Por primera vez en mi vida me sentía un héroe. Había realizado una hazaña y además estaba a salvo. Me desembaracé como pude de las aletas y me quité la escafandra. Quería que me vieran y saludar a todo el mundo. Allí estaban mis amigos, mi profesor de Ciencias, doña Enriqueta y todos los demás, pero en quien yo me fijé fue en el hombre-inventor, parecía tan feliz, que agité mis brazos una y otra vez para que me viera.

Ellos también agitaban mucho los brazos, todos me hacían señales y yo no cabía en mí de satisfacción. Pensé que eran demasiadas muestras de alegría, hasta que pude darme cuenta de que intentaban avisarme de la presencia de una ola, que venía tras de mí. Lo comprendí al verme de bruces en el agua, con todos los aparejos desperdigados a mi alrededor. Luego, sentado en la arena, con aquel montón de algas enroscadas en mis piernas, me veía como un títere. Atrás quedaba el momento triunfal.

Poco a poco volvió la normalidad y todo el mundo regresó a casa. Entonces el hombre- inventor se acercó a mí y me dijo:

- ¡Qué pena que el patín haya desaparecido¡. Tendré que construir otro, aunque no será igual. Éste era especial. De todos modos, esperaremos a que baje la marea. Seguro que lo arrastrará hasta la playa. Sí, …Estoy seguro de que la marea lo traerá.

Blanca Valls. Amiga de Siringa.