Fue en los primeros meses del año 2008 y por “culpa” de mi hija que lleva practicando el triatlón varios años. Me sugirió que aprovechando un viaje de visita a su casa en la Comunidad murciana donde trabaja, nos apuntáramos juntos al Duatlón de Águilas durante los Carnavales. De forma absolutamente inconsciente e irreflexiva conteste que sí. Y sin apenas saber cómo, allí que nos presentamos a probar en mi caso qué era eso del doble deporte. Seguí de forma ordenada los trámites para recoger el dorsal, de revisión de material ante los jueces en su plan, es decir, comprobando todo. Que si la bici no está bien puesta en los soportes, que si está al revés,… . Oiga sr. juez que la he puesto con las ruedas para abajo cómo quiere que la invierta; que si el casco no puede dejarse así, qué el dorsal debe ir delante. Pero corcholis, ¿no dice que es el dorsal?, pues en el dorso lo llevo, dígame entonces que el número se lleva en el pecho, no le llame dorsal a lo que se no se pone en el dorso; que no se puede invadir no se qué espacio, que al dorsal le falta un imperdible… Durante el calentamiento y sin querer, se inicia el proceso mental de la comparación. ¿Qué en qué consiste? Muy fácil, en observar a los compañeros de aventuras, para algunos rivales, y pensar ¡qué hago yo aquí! entre semejantes “verracos”, dicho cariñosamente; tipos sin un ápice de grasa, algunos con cascos de extraterrestres idénticos a los que usa Contador en la contra reloj individual del Tour de France. Y qué decir de las bicis, sólo con el clásico sonido en parado, tic, tic, tic,… da pavor, cómo será cuando estén en marcha. Y yo con mi último modelo “Vitus” de aluminio reserva del…1990. La miran y ni la conocen. -Mira hija, sal tú que yo tengo un pinchazo en el isquiotibial medio y me da la risa. Te espero con tu madre animando como en otras ocasiones en Pulpí, Cullera, Badajoz,… en la playita con un vermút en la mano que lo máximo que me va a producir es tendinitis en el codo. -Ya que estamos aquí sal y prueba, me dijo-. Y salí. El último eso sí, a propósito, para no estorbar a los demás atletas, pero salí. Bocinazo de salida y en marcha. Pelotón que se estira sin dar tiempo para reponerse del susto. Y el último pegado a los penúltimos midiendo las posibilidades de mantener el ritmo. Kilómetro uno, seguimos ahí. Aún no me han dejado, pienso. Km-2 y lo mismo. ¿Y si pruebo a tirar un poco y adelantar a alguno, ¿se enfadarán? Tiro y no pasa nada, paso a veinte o veinticinco en los cinco kilómetros, no a más. Transición a la vista, juez imperativo que indica la salida de los boxes para el sector o tramo de ciclismo. A pedalear. Veo a alguno casi tan torpe como yo en acoplarse a las zapatillas, en su caso ancladas en los pedales como mandan los cánones. En el mío y para debutar prefiero montar en la bici con las zapatillas de correr sobre los pedales con los rastrales clásicos. Carretera general y cinco kilómetros cuesta arriba. Jo… cuando se acaba. Y se acaba. Ya se sabe todo lo que sube, baja. Qué bien se va ahora, treinta y tantos o cuarenta por hora y, encima, trazando como hacen los “pros” en las rotondas, vamos como Valverde, con perdón. A veces te pasa la denominada serpiente multicolor, que no es serpiente ni es ná. Es un ruido metálico, perceptible a distancia, incluso agradable al oído; compuesto por quince o veinte “zumbaos” acoplados y soplando como el AVE entre Puertollano y Córdoba. Después otro grupo con las mismas hechuras que chilla y maldice para no perder a los primeros. Se acaba la bajada, van diez kilómetros y otra vez cuesta arriba, me pasan todas las chicas, que han salido tres minutos después que nosotros. Lo hace mi hija. Me anima a seguirla. Me digo: ahora chupo rueda, drafting, lo llaman. Chupo rueda durante cinco segundos. No me da tiempo a más. Adiós hija, adiós. De todas maneras a mi me parece que eso del drafting debería estar prohibido, algunos juegan con ventaja de puro chupones, vamos digo yo. Segunda transición y definitiva. Dejo la bici y, al parecer, también las piernas en el box. Primer kilómetro del último sector a pie. Veo a algunos delante a unos doscientos metros. Las piernas que se habían independizado parecen que poco a poco han vuelto a mi cuerpo. Empiezo a ir mejor. Paso a uno. Es joven. Voy a ver si alcanzo a otro. Anda, pues también. Salvo debacle generalizada no voy a ser el último. Hasta puedo cambiar y adelanto a otros dos más. Meta a la vista. Mujer e hija esperando, abrazo familiar. Soy duatleta y no he sido el último. Camino del Cabo de Palos comentario: Oye, no ha estado mal. La sensación es positiva. El esfuerzo se puede asumir. Y sobre todo, ENGANCHA. Y DE QUÉ MANERA. Quiero más. Por qué no probar otro. ¿Cuáles hay a la vista? Ni idea. Me comentan que cerca o en Madrid los hay en Rivas, en la Casa de Campo, mi hábitat natural entre semana, Alcobendas. Se requiere licencia federativa. No tengo licencia desde que jugaba al fútbol en los albores del Cuaternario. Consigo ya una anual y a Rivas. Igual de fantástico que en Águilas. Mejor aún la primera carrera a pie, bien la bici y muy bien también la segunda carrera. Sin cansancio. Aparecen los tiempos parciales y, como un pardillo, compruebo que algo no ha ido bien. Siete minutos y pico para la segunda carrera a pie es algo que ni en moto conseguiría hacer nunca. Los resultados definitivos son descorazonadores. Descalificado por acortar el recorrido. Evidentemente así debió ocurrir, aunque como es natural sin intención. Iba tan bien o tan mal que no veía ni el recorrido. Descansemos en el de la Casa de Campo que cuatro vueltas con las rampas de ascenso a Garabitas por la carretera del teleférico y con esa pendiente son muchas vueltas y allí he visto sufrir a gente muy importante que compite en la copa del Mundo de Triatlón. Estamos en Alcobendas. Ni que decir tiene que en el deporte la apariencia vale mucho. Saber vender la “moto” aunque no tenga ruedas es importante. Recogiendo el dorsal empezó, como siempre, la “temblaera pernil”. Los que estaban detrás, que se conocían no habían coincidido en Rivas ni en Madrid, y se interrogaban por la causa. Uno decía que no había estado porque había participado en el Maratón de Barcelona y que claro no los había podido preparar específicamente, pero que ya estaba casi en forma, que había entrenado no sé cuantos miles de kilómetros, que casi estaba fino y que venía a rodarlo, bla, bla, bla. Lo de siempre. Todo aderezado con el supermono, casco aerodinámico, bicicleta de carbono, con ruedas de cuatro radios, una lenticular, acoples aerodinámicos, coeficiente de penetración inigualable, probada en el túnel de viento, con bujes de platino, esto se supone por el precio de la “maquina”, más de seis mil euros, y como diría un castizo: encima hay que dar pedales… La pregunta capciosa que todo atleta hace a otro para marcar el territorio nos elevó el ánimo. ¿Y cuanto hiciste en el maratón? Le pregunta, y el otro debió pensar: será cab… el tio éste. Pero no queda más remedio que contestar. Cuatro diez. Muy bien ¿no? Teniendo en cuenta que el “pavo” debía tener treinta años menos, mi mujer se sonríe y me da un beso de despedida. Comprendido cariño, el “robot” entra después, al menos en la primera transición. Una hora diecisiete minutos. Para mi suficiente. A dieciocho minutos del vencedor. Y qué. Terminado y a otra cosa. ¿Y ahora? Empieza la temporada del triatlón y yo soy de secano. En la ducha me manejo perfectamente, pero con el agua en la horizontal y además si hay oleaje o corriente, ni verla. Ya vendrá el verano. Y vino. ¿Y si hubiera por el entorno vacacional alguno al que pudiéramos ir? Pues los hay. Medio Cudeyo, Cantabria. Precioso, gente amable y volcada en su fiesta, pero duro como él solo. Allí estuvimos peleando y ¡POR FIN! Primer trofeo conseguido a pulso con el sudor de mi frente. Segundo en V2-M. (Porque no había más, seguro). Ahora en los cuarteles de invierno, con los reparos vergonzosos a pesar de la edad al formar para la salida, confío en lo que se pone en la página oficial de la Fetri. Que ya sé lo que significan las siglas. Y que dice textualmente: “La vida deportiva de los triatletas (extensivo a los duatletas, supongo) no acaba cuando se abandona la alta competición. Es más, hay muchos deportistas que descubren el triatlón a partir de los 40 años. MI CASO, PERO NO EN LOS CUARENTA, alguno más. Éstos ya no van a acudir a unos Juegos Olímpicos pero también pertenecen de pleno derecho a la gran familia del triatlón. GRACIAS POR LA ADMISIÓN. Y para el 2009. Pues habrá que seguir intentando pillar algo de metal. Total parece que quedamos muy pocos y casi nos toca premio sólo con presentarnos. Considerémoslo un homenaje a la edad, la tercera, eso si los achaques o los nietos, en su caso, nos lo permiten. De momento, por esperar a la licencia por correo como un neófito, los “buitres leonados” acabaron con las plazas del duatlón de Águilas. En Rivas y en Alcobendas los espero. Primero, se entiende que en apuntarme. De eso estoy seguro. Gaspar T. Jimeno Diestro. Profesor de Biología y Geología. DUATLETA
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