Por qué SIRINGA
 
Revist@ Digit@l del IES Ciudad los Angeles   MEDIO AMBIENTE  
 

 

Somos conscientes que con un título como el apuntado, si no se supiera de antemano que es lo que sigue, pudiera dar lugar a interpretaciones erróneas. Para aclarar dudas, el término HEMBRAS, en mayúsculas, está puesto aquí con todas las de la ley, y está referido en exclusividad a las hembras del mundo animal, que si bien incluye también a las de la especie humana, no nos referimos claro está a la MUJER.

Dicho esto, lo de armas tomar viene a cuento porque en ocasiones las hembras del relato las emplean todas. A veces, las bélicas naturales más potentes y mortíferas; escasamente elegantes para una dama desde la concepción solidaria del género opuesto, y que suelen acabar no solo con sus presas habituales sino con la vida de su macho fecundador; (aunque como diría el chascarrillo, “se va para el otro barrio tan feliz, y sin que le quiten lo bailao”). Son los célebres casos conocidos de las “viudas negras” y de las “mantis religiosas”.

En otras, sus comportamientos son, digamos, más sibilinos, sutiles, refinados. No es raro que en la escala zoológica muchas hembras “obliguen” a un grupo de exaltados, incluso de su harén, (sí, sí, leen bien, de su harén); con las hormonas o las feromonas, que viene a ser lo mismo, disparadas; a una pelea cruel a cambio de un hipotético intercambio sexual, y que, aunque las disputas no acaben directamente con su vida, sí lo hacen de forma indirecta, dejando al derrotado cuando menos lisiado y presa fácil para los carnívoros que contemplan complacidos su comida viva en la despensa a la espera de que termine el rifirrafe. Siendo el colmo del refinamiento sexual, el “parto en los machos” y la reproducción partenogénica.

 

Volviendo a las hazañas bélicas; las “viudas negras” son arañas dispersadas tanto por el continente europeo como por el americano. Se trata de cazadoras activas con una estrategia clara: atrapar sus presas con su no menos peculiar tela, inocularlas su veneno neurotóxico, digerirlas externamente una vez que les han inyectado sus potentes jugos gástricos, para después absorberles las entrañas tranquilamente. ¡Pura belleza natural!

Presentan dimorfismo sexual, el macho es más pequeño y menos pesado que la hembra. Son solitarias, con escasa o nula vida social. Únicamente se juntan con los de su especie para el apareamiento, que termina, como puede adivinarse, y en la mayor parte de los casos, sobre todo si este es torpe o no anda suficientemente listo, con el macho devorado por su caníbal compañera. Aunque también se piensa que, después de la cópula, es él, quién teniendo oportunidad de escapar el que se ofrece como presa voluntaria para servir de alimento a su amada y que tenga una buena puesta capaz de trasmitir sus genes.

Viuda negra con su marca reloj de arena

Dos aspectos curiosos rodean a la viuda negra y, posiblemente en el futuro, hasta tengan aplicación industrial. La seda con la que construyen su tela presenta unas características físicas extraordinarias debido a su resistencia y a la capacidad de absorber y disipar energía. Hecho del que podría derivarse su futuro uso industrial en tejidos resistentes para profesiones de riesgo; en actividades médicas, (sutura quirúrgica); así como en tejidos, fibras deportivas y materiales especiales que reúnan resistencia, elasticidad, flexibilidad, (cuerdas de alpinistas), entre otras muchas.

El otro aspecto hace referencia al potente veneno con el que mata. Cuando lo inocula a los humanos machos que la molestan, al parecer provoca el incremento de la fuerza y la vitalidad junto con una erección involuntaria de varios días de duración con inhibición durante ese tiempo de la capacidad conceptiva.

La primera de las circunstancias es, según el relato de quien lo ha experimentado, realmente molesta y bastante dolorosa junto con el resto de sintomas producidos por el veneno, (taquicardias, dolores abdominales, obnubilación, descoordinación motora,...). Aunque posiblemente de los estudios moleculares de la composición del veneno puedan derivarse fármacos para el tratamiento de la disfunción eréctil, potenciadores de la libido y del anhelado anticonceptivo masculino eficaz. En definitiva, alguno podría pensar que la viuda negra da al parecer “una de cal y otra de arena”.

 

Similar comportamiento presentan las hembras de la mantis religiosa; igualmente tímidas, retraídas, solitarias, asociales, carnívoras y caníbales con los machos de su especie a los que engatusan con las feromonas para una vez que se está produciendo el apareamiento o inmediatamente después devorarlo en un santiamén empezando por la cabeza. Actuación que se piensa la ayuda en la fecundación.

De armas tomar también resultan algunas hembras de escualos. Los tiburones son ovovivíparos, las hembras alojan los huevos en el interior del cuerpo hasta que eclosionan en el interior de la madre, produciéndose después el “parto” de las crías con un grado de desarrollo importante.

En ocasiones, la futura madre deja de cazar deliberadamente con lo que el alimento a disposición de sus crías decrece de forma alarmante de manera que, en su vientre estas se devoran entre ellas hasta que queda una. Comportamiento que es posible que tenga que ver con la intención de “mamá” de potenciar aún más la de por sí extraordinaria agresividad del tiburón hasta convertirse en el temible cazador que es, dueño del escalón más alto del ecosistema marino.

Más sutil es el comportamiento de los hipocampos o caballitos de mar, peces cuyas hembras transfieren sus huevos a los machos desde su cloaca a una bolsa llamada “incubatriz” que poseen estos, en lugar de liberarlos al medio, mucho más hostil.

Mantis religiosa

En esta especie de bolsa marsupial formada por un tejido suave y esponjoso se alojan cada uno de los huevos en compartimentos individuales, para continuar con la incubación en un “embarazo imposible” hasta la eclosión definitiva.

A veces, a un mismo macho previamente emparejado, porque son peces sociales, lo visitan varias hembras que le dejan también sus huevos para que continúe la labor iniciada. Estaremos de acuerdo en este caso, del tierno y sacrificado comportamiento del macho de la especie.

Pero qué son todos estos comportamientos comparados con la partenogénesis que practican numerosos órdenes de animales y vegetales. El término partenogénesis, (de griego parteno, virgen, y génesis, generación), se define, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, como, “la formación de un nuevo individuo por división de células sexuales femeninas que no se han unido con el gameto masculino”. ¡Reproducción sin machos!

La partenogénesis supone la fragmentación del óvulo sin fecundar hasta conseguir un individuo adulto y es relativamente frecuente en gusanos, crustáceos, insectos, anfibios y reptiles; más rara en peces, y excepcional en aves. Es evidente que el nuevo individuo no lleva dotación cromosómica masculina, por lo que teniendo en cuenta como se determina el sexo en algunas especies, este hecho podría constituir una limitación grave para el número de machos. Es el caso de las abejas, cuyas hembras, derivadas de huevos fecundados son diploides, con (2n) cromosomas, mientras que los machos, los zánganos, son partenogénicos, y haploides, con (n) cromosomas.

 

En los anfibios y reptiles la partenogénesis es habitual en grupos de hembras que en ausencia de machos se reproducen individualmente. El resultado es una serie de clones que carecen de las posibilidades de variabilidad genética que tiene la reproducción sexual con machos. Se dan ejemplos partenogénicos en los geckos, en algunas serpientes y en el temible dragón de Komodo, un lagarto de tres metros de largo y más de 100 kilos de peso.

En los peces la partenogénesis es excepcional salvo en el tiburón martillo, una de cuyas hembras alumbró una cría en un zoológico americano siendo virgen, hecho claramente demostrado por datos como la fecha de la captura, la ausencia de machos en el acuario, la imposibilidad de mantener espermatozoides activos en su interior durante tres años desde la captura al nacimiento, la ausencia de la mordedura típica del tiburón macho con que las hembras quedan marcadas después del contacto sexual, y, sobre todo, por los análisis del ADN que confirmaron que la cría era el resultado de la duplicación y fusión de dos células con idénticos cromosomas.

Las causas de la partenogénesis son difíciles de establecer. En algunos casos se especula con la posibilidad de que venga inducida por determinadas cepas bacterianas capaces de modificar la información genética del hospedador produciendo la particularidad. En otros, como en la llamada partenogénesis experimental, se recurre a la estimulación de los gametos femeninos mediante factores físicos o químicos.

Aunque la partenogénesis puede darse en vertebrados como queda apuntado, los mamíferos parece que han abandonado esta práctica si alguna vez la han tenido para dedicarse a incrementar mediante la “clásica” reproducción sexual, su variabilidad genética, la mejor vía para potenciar la capacidad de adaptación del grupo al medio, lo que contribuye indiscutiblemente a su evolución.

Gaspar T. Jimeno

Gecko
Tiburón martillo