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TOROS Y LITERATURA I : Por Naturales

Hace ya algún tiempo nos planteábamos en un espacio similar a éste la posibilidad que el toreo fuera arte y, lógicamente, sus oficiantes los toreros, artistas, incluyendo dentro de la palabra torero a la persona, hombre o mujer, que se “pasea” vestido de miedo y oro por un templo radiante de sol y luces entre lunas en cuarto creciente desafiantes.

Y son artistas por muchas razones. En primer lugar porque dominan el “ars” romano y su equivalente griego el “techné”, la técnica. Porque en su caso moldean la “materia” negra y viva hasta “hacerla hacer cosas que no quiere hacer” como dijo un célebre espada; sin detener el tiempo y en un espacio inverosímil, a la vez que dominando el miedo se juegan la vida en un acto creativo. Con tanto o con tan poco, según se mire, se quiera o no, son capaces de sugerir en el observador una vivencia estética, intelectual o emocional que lo pone de acuerdo con el colectivo para alcanzar el reconocimiento general de su obra bien hecha.

 

Por Gaspar T. Jimeno Diestro

Pero además de la especialización, del dominio de la materia (o de la expresión en otros campos del arte), se requieren otra serie de cualidades englobadas en el llamado talento creativo, ya sean plásticas, verbales, musicales o de cualquier otro tipo; de forma que “el simple dominador de la dualidad ars-techné se quedaría en el dominio de la manualidad”; mientras que el que lo tiene es capaz de dejar una impronta que permite identificar su trabajo como perteneciente a una época, a un estilo o a una escuela.

Si además, el desarrollo de la actividad mágica que nos ocupa permite a la persona dotada de una sensibilidad especial y de talento artístico, la sugerencia “de algo grande” en las tres cualidades citadas, la estética , bien de admiración o incluso de repulsa, (cualquiera de las dos es válida); la intelectual , más allá de la pura estética o, la emocional , y como consecuencia, es capaz de realizar una creación que a su vez sea una obra de arte, indiscutiblemente, no sólo estamos hablando de arte en la más pura acepción de la palabra, sino que como virtud humana que es, incluso podría calificarse de moral, a pesar de los comentarios en sentido contrario.

Es lo que ha sucedido con la literatura española a lo largo del tiempo. Lo mismo puede decirse en otras artes, como la pintura, caso de Goya, Zuloaga, Solana, Picasso, Barjola… entre otros muchos. Como era de esperar la temática taurina ha ido impregnando la literatura de todas las épocas, con más o menos fortuna y con más o menos fundamento y extensión. Afortunadamente para las letras.

Y no solo de autores españoles, sino también extranjeros, piénsese al menos en Gautier, Merimée, a cuya obra puso después música Bisset, Montherlant, Cau, Hemingway, Collins, Lapierre, y otros que harían demasiado largo el listado, y cuyas visiones peculiares de lo taurino contrastan, precisamente por ser foráneas, con las de los españoles, pero no dejando de aportar su originalidad incluso controvertida.

Es más que posible que no haya un solo aspecto relacionado con lo taurino que no haya sido recogido por los escritores de todos los tiempos. Desde las labores de campo con el ganado, los herraderos, los encierros de las reses, hasta la corrida en sí misma como acto principal, enriqueciendo la trama con descripciones coloristas, festivas, folclóricas, costumbristas, sesudas; dramáticas unas y otras no tanto.

A veces, su aparición consiste en ir impregnado el lenguaje popular “por derecho” con expresiones propias de su peculiar jerga y que después han pasado al lenguaje coloquial de la calle hasta hacerse comprensible sin querer por todo el mundo, inclusive es empleado por los detractores más encarnizados, es de suponer que sin darse cuenta. Faltaría más.

En ocasiones constituyendo el núcleo temático principal. No faltan los ensayos en el rito, mitificándolo o todo lo contrario según los gustos, buscando similitudes con otros semejantes o diferentes. En otras aparece de soslayo. En fin, de múltiples maneras, que indiscutiblemente lo mantienen vivo en el tiempo con los lógicos altibajos ocasionales.

Si numerosos son los autores “que han oficiado de cronistas taurinos de sus épocas al recoger esta temática en sus escritos”; también pueden agruparse en todos los movimientos y tendencias literarias que en el tiempo han sido.

En un tránsito a vuela pluma por la literatura española, y sin “acoplarnos” a los tiempos de manera fidedigna, podemos remontarnos incluso a los inicios de la literatura en lengua romance , allá por el siglo XII y siguientes donde aparecen las primeras citas taurinas.

 

 

Tiempos aquellos en los ya hay alusiones veladas en lengua castellana primitiva. Normalmente relacionadas con fiestas y justas con el toro como protagonista, con descripciones más o menos precisas sobre las técnicas de correr y alancear reses, desjarretarlas para inmovilizarlas, o de cualquier otro tipo; como puede comprenderse muy alejadas aún de lo que sería la tauromaquia posterior.

De las primeras apariciones, más o menos difusas se pasa, ya en el siglo XVI, a descripciones taurinas más directas, en referencia a los espectáculos de lidia que por aquel entonces se daban, escasamente diferentes de los anteriores; básicamente del llamado toreo a la jineta practicado por la nobleza en los albores de la edad Moderna, con oscuros personajes pululando a pie por el coso como “ayudadores” del señor, (los futuros toreros de a pie del XVIII), normalmente en recintos como la plaza Mayor de cualquier ciudad reconvertida provisionalmente en plaza de toros. Sirva de ejemplo de esta época las que hace Mateo Alemán en pleno Siglo de Oro .

Códice

De la misma época son los relatos y episodios taurinos más o menos fugaces en las novelas de caballerías , (“Tirante el Blanco”), pasando por las descripciones en la novela picaresca iniciada por el autor anterior. O la aparición del tema de los encierros, tanto en uno de los capítulos postreros de la “novela de novelas” para los eruditos donde se recogen las aventuras del Insigne Caballero o en la obra de Vicente Espinel .

Los grandes genios del teatro del siglo de Oro no parecen entusiasmados con la temática aunque no podían en buena lógica evitarlas por su popularidad. Las referencias son tanto directas como indirectas. Son los casos de Lope, (Los Vargas de Castilla, El marqués de Navas); Tirso (La lealtad contra la envidia), Calderón, (Guárdate del agua mansa) o Quevedo (en el entremés, El zurdo alanceador).

Casi de puntillas hubo de pasar el tema por el siglo XVII y XVIII, salvo por la obra de Nicolás Fernández de Moratín, tan grande como escritor, (Carta histórica sobre los progresos de la fiesta de los toros; Fiesta de toros en Madrid, Oda a Pedro Romero), como aficionado a los toros.

Tirante el Blanco
 

La Ilustración , la época del despotismo ilustrado, se caracterizó por la clara influencia extranjerizante, sobre todo de la afrancesada, y por el racionalismo exacerbado por lo que en principio parecería lógico que los autores abominaran de la temática. Quizás el hecho, por otro lado sin fundamento, que asocia el toreo y lo taurino con el casticismo, el antieuropeísmo y lo reaccionario que alguno, por desconocimiento evidente, atribuye aún hoy a los aficionados, venga de ahí; por lo que, por la misma razón, estos mismos “neo ilustrados” deberían tachar de castizos, antieuropeos y reaccionarios a gente como Alberti, Lorca, Ortega, Ayala, Bergamín,… . Cosa que, indudablemente no son capaces de hacer salvo que su osadía sea equivalente a su ignorancia.

Es precisamente en esta época tan poco favorable, y a pesar de los pesares, cuando paradójicamente, se instituye la fiesta tal y como es en la actualidad. Es decir, ordenada, estructurada, reglada y reglamentada. Con una liturgia precisa de principio a fin.

Gaspar Melchor de Jovellanos, es uno de nuestros escritores ilustrados más famosos, y lógicamente como no podía ser de otra forma, a favor de la prohibición de las fiestas de toros, (algo similar ocurre en estos días en alguna región del Estado, por usar su misma terminología, aunque la idea está auspiciada por personajes con menor talla intelectual que la de don Gaspar Melchor).

 
   

En sus escritos defiende el cómo y el porqué las autoridades tienen que controlar y prohibir las fiestas de los toros. Algunos pasajes harían las delicias y serían suscritos fervorosamente por los colectivos contrarios al espectáculo, aunque a la vez, de leer estos sus escritos y tratar de aplicar sus razones en la actualidad, nuestro admirado ilustrado y estos otros serían arrojados literalmente a los leones. Vean si no:

“ ¿Qué impresión podrá causar aquel hervoroso tumulto, (por la corrida) … que excitan en los ánimos, en el del joven inocente, y en la de la incauta doncella [...] (Jovellanos, Carta. En: Biblioteca de autores españoles . Por Candido Nocedal. Tomo L. Pag. 264-266. Madrid: Ediciones Atlas 1952 (1792): 265).

De hecho, el nuevo reglamento taurino del País Vasco, ya se propone para la temporada del 2009, evitar que se exciten los ánimos del joven inocente prohibiendo su entrada en los cosos de su territorio, tal y como proponía Jovellanos para todo el país. De momento sus legisladores y legisladoras no se han preocupado de las incautas,… ni de las doncellas. Esperemos que permitan a unas y otras la entrada en las plazas.

No obstante, el autor junto con otros detractores más o menos importantes, reconocía que “era fiesta que se debía condenar en aras de la Razón, a las que no se resistía a asistir divertido o cautivado”. Pura sugerencia estética, como se decía más arriba e incluso, sin duda, emocional, que le podían más que la racionalidad en la que libremente se alineaba; de ser ciertas la anécdota y sus palabras.

 
R. Cédula prohibiendo las fiestas de toros
 

Además de Jovellanos, otros ilustres escritores de este movimiento son: Nicolás y Leandro Fernández Moratín, el primero ya citado, R. de la Cruz, José Cadalso, y Benito J. Feijoo, algunos no tan vehementes en la condena de lo taurino como Dº Gaspar Melchor e incluso “abonados” a los tendidos.

La sustitución definitiva en el protagonismo de la fiesta de la aristocracia por “la aristocracia del coraje” que diría Juan de la Encina casi dos siglos antes, podría llevar a pensar que durante el movimiento romántico los autores incorporarían con profusión la temática taurina a sus obras, sin embargo no fue así salvo en pinceladas esporádicas. Sin embargo, si que lo hace el romántico inglés George Gordón. Véase la muestra:

Tres toques de clarín. Se abre el antro

y el silencio domina a la apiñada

multitud, que esperaba. Salta al centro

de la arena el animal soberbio,

que, con ojos furiosos, mira en torno

hiere con la pezuña el resonante

suelo, mas aún no ataca a su enemigo.

Gira, amenazadora, su cabeza

de un lado a otro y mide el primer tiento.

Su flanco azota con la cola, y rojo

rueda el ojo espantado por su órbita» .

(G. Gordón, más conocido como Lord Byron).

 

No obstante, durante el realismo , en el periodo comprendido entre 1850 y 1870, y el naturalismo que le sigue hasta finales del siglo XIX, vuelve a hacerse eco de una manera sustancial del tema taurino, no se olvide que la creación literaria con ésa temática no tiene que ser precisamente favorable al hecho de los toros en sí, basta con que sea sublime en algunos casos e incluso sensible o por el contrario agresiva.

Cecilia Böhl de Faber y Larrea, (Fernán Caballero), es un exponente, aunque no se priva de incluir el tema de una forma cándida en algunas de sus novelas costumbristas, (La gaviota), sobre todo debido al desconocimiento profundo que tenía de la fiesta. En el lado opuesto se encuentra el P. Coloma, con una temática taurina oportuna y decidida en algunos de sus numerosos cuentos.

 
 

Aparentemente poco interesado en el tema era Benito Pérez Galdós, ejemplo de escritor realista y naturalista a la vez; sin embargo, en sus Episodios no faltan descripciones intensas de los más grandes matadores que fueron famosos en los albores del XIX, desde el rondeño Pedro Romero a su discípulo y sucesor transitorio en el trono del toreo, Francisco Arjona “Cúchares”.

Casi lo mismo puede decirse de D. Armando Palacios Valdés y su obra, (Riverita), y de Ortega Munilla, realista tardío y naturalista también, y la suya (Milagritos). En esta misma corriente hay que incluir a Vicente Blasco Ibáñez, con su obra “Sangre y Arena”, íntegramente taurina, difundida hasta la saciedad.

Si que puede considerarse fecunda la producción alrededor del toro en una nueva concepción literaria, el sainete, obra corta jocosa y castiza equivalente al entremés de los siglos anteriores, que perduraría no sólo durante este siglo sino también durante el XX, con títulos tan sugerentes como Pan y toros, Curro Cúchares,… o autores como Benavente, los hermanos Quintero, Arniches, Miura… .

Después de la crisis del 98 en todos los aspectos de la vida española incluido para el tema que nos ocupa, el modernismo literario desde el comienzo del siglo XX hasta nuestros días, entrado ya en el XXI, bien puede decirse que ha sido absolutamente fecundo.
Incluso con detractores muy importantes que merecen citarse como Eugenio Noel, un prosista espectacular, defensor ferviente de la abolición de la fiesta, de lectura ágil, acrisolada en esta generación a la vez que recomendable para los que quieran reafirmarse con argumentos contra la fiesta y el espectáculo en sí. Con los conocimientos precisos para una toma de posición razonada muy válida después de haber pasado, al parecer, por la fiesta como practicante en primer grado. Lo que sería muy recomendable para el resto de los críticos, sin necesidad, claro está, de bajar al ruedo.

La generación del 27 prácticamente en pleno; que casualmente fue reunida, financiada o “esponsorizada”, empleando un término muy actual, en el Ateneo de Sevilla de tal año para rendir homenaje a Luis de Góngora, por el célebre matador

 
Pedro Romero ( Goya )
   

 

Ignacio Sánchez Mejias; asume la temática como algo propio, lo que es lo mismo que decir, que con tal pléyade de autores en ella se podrían hacer varios carteles “de lujo” en las lecturas poéticas de cualquier ateneo en feria de “plaza de primera”, a saber: Alberti/Lorca/ Diego; Bergamín/Guillén/ D. Alonso/Cernuda/Villalón.

De ahí en adelante, hasta el premio Nobel, Camilo J. Cela, mucho mejor escritor que becerrista y novillero que fue, (Torerías, El gallego y su cuadrilla, Toreo de salón); son muchos los autores de más o menos prestigio los que se aproximan de una manera directa a la fiesta, la cual perdurará en su esencia y presencia literaria en tanto en cuanto,

“Mientras quede en Ronda una piedra sobre otra; mientras haya un toro de lidia que golpee con sus pezuñas contra esta piel de toro de la Patria y rompa su aire limpio con la punta de un asta; mientras sobre la arena de una plaza crezca la flor de un pase de muleta, no temas que tu nombre se pierda en el olvido”. Antonio Gala.

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