Por qué SIRINGA    
Revist@ Digit@l del IES Ciudad los Angeles
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Tres relatos breves y profundos sobre mujeres reales.

 
Los tres diferentes. En los tres un elemento común: la inconfundible sicología femenina.
                                   
                           

– ¡Vaya idiota, ella se lo ha buscado!

–¡Tampoco se pierde nada, llevaba una vida tan arrastrada!

Así se expresaban unos amables vecinos de toda la vida. Ya se lo habían advertido:

¡Cuídate, no seas tonta, vive la vida de forma moderada y sé una buena madre!

Fue una mujer guapísima, hija de borracho y madre autoritaria; unos buenos padres porque cuando llegaba tarde a la casa, le propinaban unas buenas palizas; tampoco entendieron como se casaba tan joven, si en su casa recibía todas las atenciones necesarias ¡Claro que así se quitaba de en medio, porque con lo atractiva que era, las tentaciones eran mayores! –pensaba el vecindario.

 
"El día después" de Munch
 

Tenía unos grandísimos ojos negros, brillantes y profundos, enmarcados en kul; una boca sensual pintada siempre de provocativo rojo, un cuerpo más bien menudo, a la moda y utilizaba unos endiablados tacones sobre los que se cimbreaba como si fuera un junco. Todo esto se concentraba tras el nombre de Gloria.

Dejó el trabajo porque su marido era celoso y se recluyó en una casucha: estrecha, oscura, céntrica y cerca de la familia.

Los primeros años se entretuvo cuidando con esmero los hijos que vinieron, luego, empezaron los problemas, las discusiones y las borracheras a dúo.

De él se decía que era un buen hombre y que la culpa de que todo fuera mal, era de ella.

Todos los vecinos escuchaban sin recato, a través de las paredes, las disputas de esta pareja y después, las comentaban en el rellano de la escalera, tal vez para ocultar sus propias miserias.

No tenía grandes problemas. Ella echaba en cara su aburrimiento y su necesidad de salir a la calle porque se ahogaba en casa; él, la acusaba de derrochona y mala madre.

Los vecinos se compadecían de su pobre madre, que vivía en el mismo bloque, con aires de gran señora.

Un día, por la noche, la bronca fue mayúscula y él se marchó dando un gran portazo. Dejaba mujer e hijos, perros y gatos... Se fue de putas y a la mañana siguiente, la policía se personó en casa con su DNI, había muerto en una de esas calles donde hay mujeres de malvivir.

Gloria recibió la noticia como un zambombazo, no podía ser que tras una riña, estuviera viuda…Bebió, bebió, necesitaba flotar, evadirse. Era tan grande su dolor que nada ni nadie lo podía paliar.

Mientras, la buena gente comentaba que ella lo había matado, que le quedaba una buena pensión y si fuera una buena mujer lo administraría como se debía pero, lo acabaría derrochando.

Una comadre la acusó de que no limpiaba, ni lavaba:

– ¡Qué desorden! ¡Vaya guarra!

Gloria intentó vivir con el peso de un marido muerto, en extrañas circunstancias, unos hijos que crecían muy deprisa y sus propios problemas.

Cada día le costaba más levantarse y seguir. Empezó a salir buscando otro hombre que le diera lo que el suyo no le dio. No tuvo suerte. Y las comadres dijeron a voz en grito:

– Vuelve a casa porque el amante la echó.

Gloria pasaba tambaleándose con una cara de tristeza infinita. Iba borracha porque era mala.

Las comadres advirtieron a la familia la necesidad de llevarse a los hijos a un internado. Aquello era un mal ejemplo.

Mientras, a ella le costaba tirar de su alma…

La familia azuzada por las comadres recurrieron a la ley, que se llevó a los pobrecitos niños.

A ella, la enviaron a un centro de desintoxicación. No sirvió de nada. Se puso unas gafas oscuras como su pena, rezumaba desesperanza y angustia, pero a nadie le importaba. Se deshacía en sonrisas y amabilidades, si se le acercaba alguien aunque, sentía que su vida no valía nada.

 

Acompañada de perros y gatos se dejaba vivir; a veces, ni comía o se levantaba con pesadillas. Su vida se volvió endiabladamente dura, casi no merecía la pena…Se dejó secar. Para qué vivir, la muerte tenía más aliciente.

Un día las comadres gritaron:

– ¡Ella se lo ha buscado!

Mientras, Gloria vagaba partida de risa porque se había librado del lastre de vivir.

 
 
Sol matinal de Edward Hopper
                                   
   
                                   
                         

Siempre de noche se la oía pasear por el piso de arriba, en ocasiones, daba nombres, otras, hablaba y sus retahílas se escuchaban reberberadas.

No era mayor aunque su pelo había empezado a encanecer, pequeña, menuda, desdentada, con ojos vigilantes, deambulaba como alma en pena.

No hacía daño a nadie, pero no paraba de hablar; los vecinos la querían y respetaban porque el dolor la había transformado en lo que hoy era.

Todos los días se levantaba, se lavaba y arreglaba, barría la entrada de una miserable casa con aperos y desayunaba una copita de orujo, “para matar el gusanillo”, y embutido, luego se sentaba en el quicio de la puerta a ver pasar el día, la gente, la vida…

Antes, cuando era más joven, le gustaba hacer labores: calcetines de hilo para los niños, jerseis – a los que ella llamaba saquitos-. Tenía fama de buena costurera: las piezas de sus envejecidas sábanas eran primorosas y sus vecinas se asombraban de cuánto era capaz de alargar un retal o de cómo le cundía la calceta. Cuando iba al mercado del pueblo y mientras los animales caminaban con la carga, ella hacía punto y andaba, andaba…,

Su vida había sido una continua lucha para sacar adelante a sus muchos hijos. Era especialista en preparar comidas que engañaran el hambre; también sabía cantar canciones que acallaban el miedo de las criaturas y la ausencia de padre.

 
 
Retrato de abuela de Waterman Wood
 

Estaba muy bien organizada, no se aburría ni desfallecía, sobre todo, desde que le mataron al marido y al hijo mayor, que era su orgullo y estaba llamado a hacerse cargo de la hacienda; aunque ya se sabe: la vida tiene, a veces, bromas pesadas.

Su vida anterior tampoco fue fácil pues hubo de luchar denodadamente para que su marido dejara de beber y muchas veces sus ruegos no fueron escuchados y a menudo, oyó voces y recibió malos tratos que ella perdonaba y tapaba, a fin de cuentas, la vida era dura; sin embargo, las complicaciones aumentaron cuando unos vecinos, que necesitaban el agua que pasaba por sus tierras, para que el ganado no se les muriera, decidieron conseguir los terrenos de forma rápida, no importaba cómo.

Una noche invitaron a beber a este hombre, lo empaparon tanto que se diría que era esponja y no persona; entonces alguien sacó un papa el imposible de leer,¡estaba tan borracho! Que las letras se le juntaban…

A la mañana siguiente vino la autoridad a desalojar a su familia. Había malvendido las tierras por unas botellas de vino. Había firmado un cambio de tierras y el otro tenía testigos, dineros…

La mujer recogió su ajuar y marchó entristecida a la otra casa miserable, pensando en cómo iba a alimentar a los suyos con aquella mala tierra…Su tesón y esfuerzo hizo que arañara patatas, higos y garbanzos, mucho para esa tierra, lo indispensable para comer.

Luego vino la guerra, los hombres se tuvieron que ir; al hijo mayor se lo llevaron a morir al frente de Teruel y al marido lo acribillaron cerca de su antiguo bancal.

Ella se quedó sola, mendigando si no justicia sí esperanza; pero corrían malos tiempos y no le quedó más remedio que poner a servir a sus hijos: las mujeres en casas adineradas del pueblo y los hombres como jornaleros en cortijos cercanos.

Y ella que había tenido una casa grande, llena de chiquillería, se encontró sola, perdida y aislada con su sufrimiento. Su cabeza buscaba la manera de solucionar su problema pero donde llamaba, la puerta nunca se abría. Recorrió caminos, subió escaleras, nadie contestaba a sus ruegos.

Así, día tras día su impotencia, dolor y soledad. Perdió la noción del tiempo…Un día se sintió encerrada entre cuatro paredes lejos de su tierra, hijos y raíces. Dónde estoy, preguntó: Es un manicomio, le dijeron.

Ella no estaba loca, por eso maquinó la forma de marcharse. Saltó una verja alta y andó, anduvo…

Había hecho tantas veces el camino, que lo reconoció sin dificultad; descansó en un altozano y continuó, anduvo por entre olivos hasta llegar a una casucha que le pareció un palacio. Era su casa, era su tierra.

Después sus hijos sin saber qué hacer con ella, la devolvieron al manicomio; pero, cuantas veces la llevaban, deshacía el camino, pasito a pasito, sin desfallecer.

Alguien apenado por tanta tenacidad habló con los hijos para que la dejaran en aquel trozo de tierra y así pasó a ser un miembro más de la comunidad.

No molestaba, siempre se la veía ausente recitando una lista de nombres para que no se le olvidaran. El pueblo fue cómplice y calló y mintió, para no meterse en líos dijeron que estaba loca y decidieron no verla, como si de un fantasma se tratara. Y ella, se sentía feliz de ver amanecer, andar, oler su campo y sentarse a la sombra de su olivo, su amigo que nunca había renunciado a ella. A su pie cantaba nanas que sus hijos no escucharon y veía pasar la vida, su vida.

Un día, los habitantes de la aldea descubrieron que la mujer permanecía demasiado tiempo sentada bajo el olivo, pensaron que estaba cansada, más tarde vieron que había decidido marcharse como había venido, sin hacer ruido, sin gritos, con una sonrisa de satisfacción por poder oler su tierra.
                                   
 
 
 

Frase cargada de fuerza que Lara, una chiquilla de diez años, respondió a su madre, señora cuarentona, cuando le propuso que no hiciera lo que comentaba.

•  Tu opinión no me sirve porque eres un “petisuís” caducado.

La madre, mujer trabajadora y luchadora que alternaba la casa, el trabajo y la niña, se quedó tan perpleja ante el argumento de la hija, que no supo qué contestar.

Lo del “petisuís” le había llegado al alma…qué le había llamado: vieja. Es que no valía su opinión para nada. Cómo era posible que con 42 años no pudiera opinar ante una niña de diez ¡Quién le había dicho a su retoño que ella, en lo mejor de la vida y después de estar omnipresente, no servía para nada! Su hija no quería oírla para nada…siguió pensando:

Si con esa edad no soy interlocutora válida, ¿ la habré perdido para siempre? Eran preguntas que le hacían daño y eso le provocaba una tristeza enorme.

Se puso nostálgica recordando que no hacía tanto tiempo era imprescindible para su bebé, eso podía ser, la seguía considerando bebé y ya no lo era. Habían aprendido muchas cosas juntas. Pero, llegado el momento, no parecía tan mayor para dejarla sola…Entonces, ¿qué había pasado?

 
 
Mafalda
   
 

Debería controlar las amistades –pensó- Esto es un mal influjo de sus amigos, porque a mi hija no se le ha podido ocurrir sola.

Pensó en cuantos amigos tenía y quiénes eran…Descubrió que casi todos hablaban de la misma manera y sus padres estaban ajenos a ellos o los conocían tan poco como ella misma a Lara.

¿Lo habría aprendido en el colegio? No parecía, porque la mayoría de ellos no soportaba la cotidianeidad de las clases ni la enorme cantidad de normas que los profesores repartían por doquier.

No estaban dispuestos a aceptar las normas porque eran mayores y ni sus padres ni sus profesores tenían derecho a meterse en sus asuntos.

Recordó la notita que de buenas a primeras había aparecido en la puerta de la habitación de la niña:

“Antes de entrar, llamar a la puerta”. No había reparado en lo mayor que se estaba haciendo la niña, su necesidad de intimidad…su desconexión de la vida familiar. No le pareció un buen camino, por lo tanto recobró sus anteriores pensamientos…¿No serían los dibujos animados los responsables de las malas contestaciones, de sus tacos y palabras malsonantes que tanto escandalizaban?

No había tenido transición o por lo menos ella no la reconocía. Ahora se daba cuenta que tras la tiranía de su majestad el bebé, había pasado al ninguneo de los preadolescentes.

La madre pensó lo duro que le iba a resultar los años venideros, que ella había soñado de una manera más cercana y donde sus opiniones eran importantes. Descubrió que estaba en el mundo de Yupi y se sintió triste ante la realidad compleja y diferente.

Entonces se prometió aprender a estar para que cuando su hija la necesitara, ella estuviera dispuesta y preparada .

Mercedes García